En la fuerza aérea, los pilotos reciben mucha teoría y simulaciones de vuelo antes de subirse a un aeroplano: primero con un instructor y luego en solo. Por supuesto que en sus clases reciben información por montones, situaciones hipotéticas que van a tener en el vuelo y las posibles acciones a tomar para evitar accidentes fatales. Los aspirantes a piloto se abruman con facilidad de la cantidad de información. Así es difícil imaginar las situaciones hipotéticas que les presentan. El instructor, aspirante en épocas pasadas, pregunta con sarcasmo: ¿dudas? La cabeza de los futuros pilotos a penas puede entender las acciones de un alerón o el ala izquierda, los pedales y el manubrio de la aeronave; las turbulencias, viento de lado, orientación y observación de las nubes. Tiene dudas, pero no sabe exactamente qué no sabe en ese momento. Entonces el instructor, seguro de que nadie levantará la mano para hacer una pregunta, termina su clase: Dudas al aire.

Cuando el escritor se sienta a trabajar, también lo hace con dudas e inseguridades a causa de los cientos de consejos, cursos y todo tipo de información que empapan al oficio. Son muchas las reglas que existen para aplicarse en ciertas situaciones concretas ofrecidas para solucionar situaciones hipotéticas. Todo esto para facilitar y, promesa de los más hábiles comerciantes, mejorar la prosa.

Son una masa de excesos que lo único que logran es aumentar el peso de la carga del bote de la imaginación y aletargar el flujo. El flujo le llega al escritor en el vacío, cuando deja de pensar en cualquier corrección. Deja que su cabeza navegue en la nada.

Para alcanzar la nada, lo ideal, sería hacer bloques de tiempo en el día. Muchas veces se miran las manecillas de reloj —y juro que cuando escribo lo hacen más rápido—, marchar como un ejército listo para la guerra. Si logro bloquear un tiempo de mi día, quedo atrapado entre dudas e inseguridades antes de poder escribir una letra. En cuanto inicio, puedo escribir hasta 500 palabras sin sentido ni ritmo. Es como insistir a entrar en un sueño después de que un ruido te despertó. O, dormir cuando no se tiene sueño. Las herramientas que ofrecen desconexiones sirven…en ocasiones… luego me acostumbro a ellas.

El problema es que es raro que tenga oportunidad de programar bloques de tiempo. Trabajo en el caos: mis perros ladran a cualquier paso de un gato vecino, a cualquier camión que circula frente a la calle, a cualquier persona que viene a tocar la puerta. Todo ruido que interrumpa su ligero sueño es una amenaza a la que deben de atacar, o quizás me defienden de ella. Si estuvieran en un patio lejos de mi escritorio, sería una molestia lejana. Pero están a mis pies y detrás de mí, y me gusta que ladren y sean salvajes y hagan lo que se les venga en gana. Otro caos es la dinámica de la casa. El jardín también demanda atención. En estas fechas, las tardes son las tranquilas, pero es cuando a la lluvia se le ocurre molestar y mojar a los perros para que empapados vengan a sacudirse a un lado mío. Con todo esto, escribo, entro y salgo del flujo con facilidad. El problema es cuando tengo un bloque de tiempo libre de caos. Mi mente, en lugar de quedar en blanco, se llena de todas esas soluciones de las situaciones hipotéticas.

La incómoda tranquilidad y el silencio me cubren de inseguridades hasta el punto de exprimir mis deseos de continuar con el capítulo en mano. Un par de copas de ron siempre ayuda. Pero esto se vuelve un problema cuando la calma está en la mañana o llega al mediodía. Dos copas de ron se convierten en media botella en un chasquido de dedos. Y, tampoco tengo energía para estar cuidando al borracho que vive dentro de mí. Si pudiera escoger, prefiero la calma que llega poco antes de la caída del sol. Justo cuando el sol baila en el horizonte. Entre esa danza y la hora de dormir, mi ansía es menor. Claro que es cuando más frustración viene. Leo un poco en el Internet para despejar la cabeza, y los algoritmos deciden darme líneas de consejos o críticas o correcciones de expertos quinceañeros. Es molesto y es deprimente. La poesía es lo que termina por relajar el día.

Entre todo ese movimiento incontrolable, el tiempo que sí necesito es para la publicación de la siguiente novela. El texto está listo, le daré una revisión final antes del último trámite que es el ISBN. Aunque la autopublicación elimina el trato con gente de inclinación consumista y que tratan a los libros como si fueran teléfonos celulares (otro universo de consejos), no escapas de llenar papeles y contestar preguntas, en la superficie, inútiles e innecesarias.

Al final del día, satisfecho de atender mis asuntos, me siento a disfrutar de los últimos escándalos de los perros en el jardín y platicar con mi compañera. Intercambiamos un poco de todo, y del avance de nuestros proyectos. Pequeños pasos sin prisa. Como fantasía, un autoengaño que nos hacemos, quizás para distraer a la cabeza ansiosa, planeamos el día siguiente. Ambos sabemos que solamente se van a cumplir los compromisos que involucren a personas ajenas a la casa. Fuera de esto, todo será una aventura, con sus alegrías y sufrimientos. La única idea que persiste es la de no detenernos. Avanzar, aunque sea un poco. Dudas al aire.

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