¿De dónde viene toda esa alegría por celebrar un año nuevo? Es solo un día más sin ninguna diferencia a cualquier otro. No es un cambio climatológico importante; no es un evento astrológico significativo; no es nada especial más que el inicio de un ciclo del planeta Tierra alrededor del sol.

Nuestra historia comenzó como un evento religioso; fueron los medios de comunicación los que lo transformaron en un evento masivo que celebra quien lo puede hacer. En los tiempos que vivimos, poder celebrar es suficiente motivo. En la historia de la humanidad, solo un puñado de días de fin e inicio del año se han dado sin guerras. Pero que esto no amargue a los que se reúnen para festejar. No veo por qué no brindar hasta perder el conocimiento al ritmo de la música con un estruendo de fuegos artificiales. Pocos han de ser los que con consciencia piensan en lo que fue el paso del año que termina. Digo pocos porque entre conteos, abrazos y llamadas al celular no hay espacio para reflexionar. Estamos más apurados por pensar en las promesas que nos hacemos para el próximo año que por analizar por qué no cumplimos o logramos las del año anterior y las del anterior y las del anterior y las del anterior.

¿Propongo que dejemos de celebrar y en lugar de eso nos amarguemos en un rincón? En lo absoluto. No soy de la idea de amargar a nadie sus celebraciones y la ilusión de las mentiras que nos hacemos. Menos cuando vivo de mentir para lograr que un montón de palabras describan lugares y personas que habitan en la imaginación.

Sí, celebro con una cena de fin de año. La acidez proviene de la evolución de las celebraciones decembrinas inclinadas a una superstición espolvoreada de consumo. Después de la Segunda Guerra Mundial fueron los regalos caros los que marcaron la pauta. Esto evolucionó a otras formas de consumo que contaminaron lo que era una celebración íntima y familiar.

Mi posición de clase media permite que mire que cada año crezca el número de personas que sacrifica la reunión familiar para servir a los que viajan y celebran un nuevo inicio. Me pregunto, ¿ese es el verdadero propósito de cada año nuevo: que el próximo haya más consumo? El significado espiritual de la fiesta se hunde en un oleaje de lo material y práctico.

No tengo nada contra el consumo ni los servicios que se contratan. El asunto es sobre cómo dignificamos lo material sobre el impulso que nuestros antepasados tenían para celebrar. Es ya una visión romántica pensar en un momento de verdadera paz. Después de los abrazos de medianoche, el baile y los buenos deseos, llega la cuenta: «Pase usted buenas noches y le deseo un feliz año nuevo». Un pago excesivo por una cena, más o menos comestible, con una atención que depende de la observación a los clientes para suponer quién dará mejores propinas. Lo cual a su vez se desprende de lo que se invirtió en ropa y maquillaje.

Es la posibilidad de un futuro mejor. Un futuro que es más atractivo que el presente. De hecho, el ahora es tan malo que nos apuramos a terminarlo. Esperamos que se largue sin tanto berrinche. Todo sea para solventar nuestras inseguridades; de eso trata pensar en el futuro y dejar atrás el presente. Diría el poeta: “El tiempo pasado y el tiempo presente acaso están en el tiempo futuro”. El chiste es huir de lo que somos; ese que vemos en el mañana se mira mejor. ¿Acaso podremos hacernos responsables de nosotros mismos? No lo sé.

Repito, no trato de ser un amargado y poner limón a la herida de la realidad. Se trata de hacer consciencia a la hora de brindar. Los calzones rojos y andar como estúpido con una maleta vacía a la mitad de la calle nos hace despreciar los primeros minutos de un día. Los desperdiciamos en supersticiones: esta vez sí va a funcionar, parece ser la promesa. Hacer lo mismo siempre esperando tener resultados distintos no es una característica de un ser inteligente. Así como tampoco lo es creer que porque la tierra inicia un nuevo ciclo es un borrón y cuenta nueva. Lo lógico sería aprovechar el tiempo para alcanzar nuestras metas o disfrutar los primeros momentos de un nuevo día mirando, gozando y, ¿por qué no?, reflexionando.

Pero bueno, no hay tiempo para soñar; es momento de tragarse esas uvas lo más rápido posible; de lo contrario, eres un amargaitor. Aprovechando que está la copa alzada, brindo por el soñador que al despertar dio el primer paso y nunca se detuvo. El resto puede continuar dormido.

Sé que, de cumplirse los deseos de todos los seres que sueñan, el mundo quedaría en un desorden atroz. Sería una verdadera pesadilla, así que está bien que existan personas que tengan la cabeza dentro de las cobijas: soñando. Este es el concreto que pisan los que despiertan.

Los tiempos del año que acaba de concluir obligaron a que mis celebraciones fueran tranquilas bajo el contexto de lo que es la fiesta actual. Para mí, cuando estoy en la escritura de una novela o la transcripción de esta, la rutina y el hábito son parte esencial del proceso. Un mal mensaje en la cabeza: «Hoy estoy cansado, es día de fiesta, mañana continuo» se convierte en una semana y a veces pasa un mes sin que regrese al proyecto. Mi pareja y yo cenamos, brindamos y nos dormimos poco después de la medianoche. La Pandilla Salvaje se encargó de levantarme con lengüetazos y saltos. No hubo nada que impidiera que mientras comían viera el amanecer. Así comenzaron mis días luego de las cenas. Un café y de regreso al trabajo.

Murphy le enseñó a pensar. Entre la opresión militar que devora su barrio y la lealtad hacia el único hombre que le mostró cómo resistir, un joven debe elegir qué tipo de persona será cuando el mundo se derrumbe. Una novela intensa sobre la fuerza del conocimiento frente al poder de las armas.

En el México donde el poder y la violencia mandan, «Nunca es suficiente» retrata vidas marcadas por el dolor y la resistencia frente a la manipulación por parte del gobierno, ejército y traficantes. A través de personajes inolvidables, la novela expone el precio de la supervivencia en una sociedad donde la paz siempre parece inalcanzable.

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