Después de una larga travesía por buscar editoriales, logré publicar mi segunda novela. Tu Tanta Falta de Querer. El proceso de escritura fue rápido, 30 días. La edición llevó un poco más de tiempo, aproximadamente 5 meses. El proceso más largo fue encontrar la manera de publicarla sin comprometer el espíritu que motivó su creación.

La idea nació de una pintura que mi pareja me regaló más o menos tres años atrás. Para ese momento, mi primera novela viajaba por concursos literarios que, a la postre, no la seleccionaron y, en un largo recorrido, por editoriales que la rechazaron. Todo esto me frustraba, me secaba de ideas y energía para poder sentarme a escribir. Una tarde, mientras leía Stoner de John Williams, hice una pausa para descansar los ojos y mi mirada se cruzó con la de la pintura obsequiada. La obra es un close up de un granjero chimuelo. También podría ser un vaquero, pero en ese momento me lo imaginé como un granjero, quizás proyectando la imagen mental del padre de Stoner.

Recuerdo que miré la pintura por un largo rato. Hasta hacerme preguntas sobre el personaje. Eso me llevó a escribir en unas hojas su historia, la cual quedó resumida en un par de páginas. Esa fue la chispa que encendió el motor de la imaginación. Aclaro que esa historia no la usé para escribir la novela, ni siquiera el personaje del granjero aparece. Lo que utilicé fue el impulso.

En un par de semanas escribí la sinopsis y la estructura de Tu Tanta Falta de Querer. La novela, Nunca es Suficiente, el primer borrador, lo escribí entre tres y cuatro meses. Era un caos distinto en el que vivía, y encontrar un tiempo ideal para escribir, requirió de una disciplina a la que no estaba acostumbrado. Esta misma disciplina me ayudó para aplicar un sistema que se acomodó al ajetreo de los días. Pero para el momento de escribir Tu Tanta Falta de Querer, era otra mi situación por completo. Estaba sin empleo, viviendo del capital de un par de viejas inversiones. Tenía poco tiempo para que este capital se agotara: tres meses, pues eran finales del año. Eso significaba que justo en la famosa cuesta de enero tendría que buscar nuevos ingresos.

Así que la línea de tiempo consistía en escribir el primer borrador en un mes. Y, según la estructura y la sinopsis, calculé que escribiendo entre 3000 y 4500 palabras al día tendría suficiente material para recortar. En esos treinta días no hice otra cosa más que escribir para alcanzar mi primer objetivo.

Tuve la idea de escribir con puño y letra el primer borrador. Lo cual fue una acertada decisión, ya que, al no saber mecanografía, tuve la libertad para encontrar palabras que no ladraran sino que mordieran. Evité perder el tiempo y la energía en digitalizar notas y también los dolores de cabeza que me da el encender la computadora y rogar que no sucede una falla eléctrica. Bastaba con preparar una taza de café para sentarme al escritorio y agarrar la pluma. Hacía pausas para caminar alrededor de le la sala saltando a la Pandilla Salvaje que me acompañó todo el trayecto. Otras veces salía a dar una vuelta a la calle. Las noches de los fines de semana los pasaba en casa de mi pareja. Para ese momento aún no vivíamos en el mismo hogar.

Cada día que pasaba, lograba evitar que mi mente pensara. Logré vaciarme por completo para no explicar el hambre, sino hacerla sentir en el estómago del lector. El principio que tenía en mente era ser conciso para que lo salvaje respirara sin decoraciones. Después de ese mes me dediqué a transcribir y corregir el primer borrador. Buscaba lo salvaje, no un sinsentido.

Cuando tuve un borrador presentable, el tercero, lo circulé con un grupo de lectores beta. Los cuales me dieron anotaciones valiosas que descubrían que me había dejado llevar por la tensión de la carne y olvidaba lo esencial. Cada idea la defendí en lo privado con la mayor objetividad de la que soy capaz. Quería darme argumentos para defender lo narrado. En los casos en que no lograba sustentar mis argumentos, editaba o eliminaba.

Este proceso me hizo decidir por no circular la novela por concursos literarios o por el escritorio de editores que buscan domesticar. No estaba dispuesto a someter mis frases al juicio de quienes preguntan primero por el mercado y después por la verdad. La publicación independiente no era el plan B, era la única posibilidad de mantener los colmillos intactos. Los filtros comerciales huelen el riesgo y lo neutralizan, convierten la literatura en un producto comestible. Yo deseo dejar cicatrices.

Publicar sin intermediarios es un riesgo. En el universo hispano hay pocos lectores que leen por placer. Pero apelo o asumo que hay bastante dispuestos a mancharse las manos. Todavía existen los que tienen apetito por una prosa que no pide permiso, que entra directo y remueve, lo sedimentado. La industria editorial tradicional ha perfeccionado el arte de pulir hasta que todo brilla igual, hasta que nada corta. Yo elijo el filo sobre el brillo.

Tu Tanta Falta de Quererllega la próxima semana sin domesticar, sin suavizar ese primer instinto que tuve con la pluma. Es una novela breve. Es sensual porque el alma no miente cuando el lenguaje es honesto; salvaje porque rechaza vivir en una jaula.

No es para todo el público. Desde que escribo, mantengo mi principio de no exigirle a mi oficio que pague las cuentas. Me gusta estar libre de ello y vivir en la independencia que permite el riesgo. Prefiero la concisión que no sacrifica intensidad.

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