Cansado de un día de tráfico, apagué la computadora y el celular. La noche nublada y una lluvia nocturna prepararon un ambiente propicio para no hacer ni pensar en nada. Afortunado, aproveché la ocasión sin dudar. Pero en un instante de sorpresa, ese espacio vacío se llenó de ansiedad.
El tiempo pasó, unos quince minutos y no podía estar tranquilo. Intenté relajarme. Nada funcionó. Tomé la pluma para continuar con mi novela, pero la cabeza exigía una distracción. Abrí un libro, estaba seguro de que con eso me distraía. Pero mi enfoque era débil. Dos, tres líneas y perdí el ritmo o ni siquiera recuerdo las últimas líneas de la lectura. Atrapado y sin recursos aparentes, la ansiedad se imponía para navegar en el internet, mirar algún video o ver las noticias. ¡Algo que interrumpiera ese momento!
Por suerte, la flojera de pensar en lo lento que prende la computadora; lo lejano del celular; la interrupción de hacer algo cuando no quiera hacer nada fue mayor. Era mejor continuar ahí en la noche húmeda a la espera de quedar en blanco.
Ya había pasado mucho tiempo desde la última vez que me senté a no hacer nada, a no pensar en nada. Estar en la oscuridad con la Pandilla Salvaje a los pies. La última vez tenía una cajetilla de cigarros a un lado, eso ayudaría en este momento de ansia.
Ya se siente el aire del otoño. También se escucha. Esos fuegos artificiales de los pueblos vecinos con sus fiestas patronales y mudanzas de virgen y niño Dios. En un mes vendrá la fiesta local a perturbar cualquier momento de silencio y tranquilidad por treinta días. La experiencia del año pasado fue agotadora, con música 20 horas al día. Truenos de fuegos artificiales y una banda de trombones y trompetas desentonados dando vueltas, dos o tres veces al día, frente a la casa.
Por ahora aprovecho estos momentos de silencio. La adicción al ruido y la inestabilidad tienen a mi cabeza sin su dosis diaria, lo que me dificulta ponerla en su sitio un rato para tomar energía y mañana continuar con mi novela. También con ese ritmo que ahora demandan los blogs y los artículos. Creí que unas horas de descanso no vendrían mal.
La lluvia de verano tampoco parece detenerse. Recuerdo mi infancia, en ese maravilloso lugar donde nací y crecí, sin energía eléctrica, rodeado de campo y animales. La lluvia era más constante que aquí en la ciudad. Allá llueve durante todo el año; los plataneros lo agradecen y lo piden. Pero claro, hasta cierto punto. Cuando la atmósfera exagera, los ríos se desbordan y las cosechas se pierden. Así de impredecible es el campo.
En esas épocas, la mayoría de las mañanas, de regreso de ordeñar vacas, pasaba por casa de Felipe. Su esposa me daba para desayunar tortillas de maíz recién hechas. De hecho, me gustaba ver cómo las preparaba. El suave grano de maíz se precipitaba en el molino. Hipnotizado por los giros de la manivela, miraba salir por un extremo a los granos hechos masa. Hacía bolitas, en esto me dejaban ayudar, y las colocaba entre un par de plásticos para dar la forma de la tortilla. El tortillero mecánico no les gustaba a los del rancho porque hacía tortillas pequeñas y delgadas. En cambio, con las manos se hacían de buen tamaño, y gordas. Luego se lanzaban a una lámina que servía de comal. Ahí el fuego, y entre vuelta y vuelta, se cocían. Ponía unas cuentas en un trapo y las bajaba de nuevo al corral de la ordeña para desayunar.
Ese enfoque, el de la esposa de Felipe, era admirable ahora que lo recuerdo. De todas las personas con las que crecí recuerdo su admirable enfoque en cada actividad: ordeñar, limpiar las matas de plátano, hacer tortillas; sólo pensaban en lo que hacían en ese momento.
Los días comenzaban de noche, unas horas antes de que el sol apareciera, pero todo terminaba antes de la comida. Todos comían en sus casas y descansaban en hamacas. A veces los vaqueros regresaban a arreglar un potrero o una cerca. Pero lo normal era terminar la jornada de trabajo antes de las 1600 horas.
Justo eso es lo que pensaba hacer cuando me senté a ver la lluvia por la noche. Quedarme un rato sin hacer nada ni pensar en nada para luego arrojarme a la cama a dormir. Pero el fantasma de la productividad alimenta la sensación de que no aprovecho el tiempo. De que aviento los minutos a la basura en lugar de exprimirlos con sudor y trabajo. Es una sensación que nace de la programación a la que estamos sujetos, día con día, a través del progreso y sus comerciales. Vivimos bajo el constante bombardeo de cosas que se nos venden para facilitar la vida.
Y, esa sensación llena mi deseo de vacío, el cual necesito para escribir. La tinta es el resultado del tiempo de contemplar y pensar. No es el de medir el tiempo o pesar la cantidad de verde y violeta con las que pinto hojas blancas. Es la contemplación, el oficio del artista. Es desesperante el absurdo de los algoritmos que hacen la aritmética con las tendencias y dan al público, falto de su espíritu de aventura a causa de la velocidad de la vida actual, lo que deben de mirar, escuchar y leer.
La frustración del artista lo arroja en la búsqueda de causas para lograr el mismo efecto de la bolsa de plástico. En lugar de protestar y mostrar su inconformidad a través de su arte, protesta en las calles marchando siguiendo supuestos líderes o van detrás de los miserables eventos hechos por la indiferencia práctica del insensible mundo. El espacio del obrero está derruido. Sobre sus escombros se levantan los comentarios de la opinión del crítico, académico y conocedor. Ya no hay lugar para la curiosidad y para disfrutar del tiempo perdido.
Los nuevos empresarios, promotores de las desgracias actuales que rodean al mundo, encontraron hacer negocio al esclavizar nuestra atención. Lo hacen promoviendo entretenimiento y unión familiar de las maneras más ruines. Su mejor logro es fomentar una sociedad depresiva e introvertida a razón de la ansiedad y ofrecer —a buen precio y con rebajas—, la solución.
El modelo económico lo tomaron las redes sociales. Ahora hasta en los noticiarios venden melodramas. Nos convertimos en mercancía y, la evolución o progreso que está asentándose, es en el área política. Ahora los atropellos a la cultura y a la sociedad se acompañan con la palabra democracia.
El artista debe de reconocer que, con protestas y discursos moralistas, compartidos en entrevistas y durante las marchas por causas perdidas, va a solucionar poco o nada. El oficio consiste en hacer reflexionar a través de la obra. Facilitar una herramienta de análisis al espectador que le sirva para fortalecer su alma; un arma que lo ayude en el debate: interno y externo.
Es saber que, aunque trabajas y das el mejor de tus esfuerzos, no se puede vivir con una certeza económica. La obra del artista se toma el tiempo que desea para rendir algún tipo de frutos. No hablo de seguridad económica, hablo de que el mensaje se comparta. Lo más frustrante es el derrocamiento de la democracia en el internet. Las nuevas economías exigen cantidad en el menor tiempo posible. Este es el colapso creativo. Hay artistas con todo tipo de rituales y sistemas, pero intentar hacer un tipo de arte en serie en el cual se pida productividad a cambio de dinero es una injusticia. Ahora es común este tipo de solicitudes, vienen de personas que olvidaron lo que es apreciar la vida desde la perspectiva artística.
Ahora todo necesita explicación. Que la obra venga con instrucciones y explique cómo se utiliza. Ese mantra con el que se nos doma: el tiempo es dinero, acabo con la contemplación. Acabo con el placer que nos daba leer una historia que el autor disfrutó de escribir y nos guía línea a línea entre los recovecos mentales de sus personajes.
Para mí, el producto, o mejor dicho, la aplicación que simplifica la nueva filosofía, es la que resume todo en cinco o diez puntos esenciales. Me disgusta eso, y quizá es por lo que me gusta sentarme a no hacer nada ni pensar nada; tal vez recordar esas tortillas hechas a mano.

