Me gusta escribir con tinta verde. Las letras verdes se pierden al digitalizar. Los tachones, las manchas, las pequeñas notas que ponga al margen; todo desaparece. En la pantalla se transforma en píxeles negros. Las manchas que quedaron en un papel arrugado, aunque archivado, supongo no las volveré a ver. Pocos son los borradores a los que regreso. Es la ilusión del escritor: sentarse ante el teclado y escribir como le dicta la cabeza, sin errores, sin manchas y sin tachones.

Una de las mentiras que me disgustan es la de la película Amadeus de Milos Forman. El guion de la película se basa en un musical que a su vez se basa en un cuento de Pushkin. No es la ficción de la rivalidad entre Mozart y Salieri: naturaleza contra razón, el incómodo. Es la ficción de que Mozart escribía sus obras sin errores ni correcciones en sus partituras: como si Dios le dictara los acordes. La mentira del niño prodigio, del genio, es la que molesta. La peor de las etiquetas. Crecemos con estas leyendas para aspirar a estos idealismos falsos. Nos meten en las telarañas de las anécdotas desde pequeños para prepararnos a obedecer, a cumplir horarios, a respetar las reglas. Cumplir con ABC de las escuelas para conseguir un título que nos enseñe a apretar un botón de forma correcta: como un genio.

Si cumples con todo lo que se te dice e inculca, al final del recorrido recibes la galleta. Todos los mitos y leyendas nos domestican para encajar en la sociedad. De no hacerlo quedamos alienados o apestados. Es bueno ser parte de la comunidad y seguir sus reglas, son certezas para sobrevivir en un universo de naturaleza hostil. Un salvaje tiene pocas posibilidades de sobrevivir. Aunque le sirve a la sociedad para señalarlo y que sirva de ejemplo a los niños. Mira al mugroso dormir en las calles, ¿eso quieres ser?, o a un recolector o a una bruja siniestra que perdió la razón, aunque sólo viva en la lógica popular.

Los adultos se vengan de los infantes cuando propagan las mentiras con las que crecieron. So pretexto de que las mentiras buenas forman a buenos ciudadanos del mundo. Los invitan a las tierras de las fantasías donde nada se cuestiona, todo lo que dicen las autoridades se acepta sin chistar: toma, aquí tienes tu galleta por ser obediente, no preguntes. Nadie te enseña a hacer las preguntas correctas, eso sólo te lleva a la soledad. En el mejor de los casos, te conviertes en un ejemplo para los otros para que vean lo que no se debe de hacer. Propaga las mentiras y te irá bien. Pospón ese deseo de iniciar lo que dicen tus sueños y paga el derecho de piso.

La conciencia entre el sueño y la realidad es proporcional a la que existe entre la mentira y la verdad. Las mentiras con las que se bañan los adultos, que por la confianza ciega no cuestionas y das por verdad, pesan cuando llega la vida y te demanda madurar. Nadie camina con el signo de advertencia: los idealistas y los soñadores sufren. Vivir es sufrir, eso es lo que nos dan los padres: una vida de sufrimiento. Cuando dicen que nos dieron vida, la idea queda recortada en la parte importante. Son las ficciones las que nos hacen creer que la vida es felicidad. Nadie compra boletos para el show que ofrece torturas, llantos, aburrimiento y absurdos al público, a menos que, al final, puedas presumir que sobreviviste. Hoy día, cualquier cosa se vende. Incluso la de que un genio aprieta mejor el botón que otro. El consumidor perfecto, siempre listo para comprar cualquier basura.

La humanidad cumple con la ley del mínimo esfuerzo. Está bien, en la actualidad podemos observar que es el camino correcto. Es donde caminan campantes con la frente en alto, los que tomaron atajos e hicieron trampa. ¿Para qué sufrir? Aprende a bailar el son del sistema y maneja un Ferrari. Memoriza esto: tú toma una galleta.

Es absurdo que ayer tenía que sentarme a una mesa y pensar. Estaba ahí para contemplar cómo volaba una mosca. Su vuelo acrobático y aterrizó, por un momento, en la esquina de mi hoja con garabatos verdes. Desplegar sus alas y retomar el vuelo con unas magníficas piruetas y, además, tomarse el tiempo para sonreír a la punta de un escuadrón de alas zumbadoras. Esto es perder el tiempo —tesis de Humboldt—, aprovecha los segundos y recibe un título para apretar un botón. Hay días malos, días buenos y hay días en los que llueve.

Parecen tan lejanos esos días en los que los escritores podían protestar a través de su obra en lugar de convocar o hacer marchas. El artista actual tiene que tener espacios en los medios digitales banales y de fácil acceso. La reflexión, metáfora y analogía son chingaderas que llevan tiempo. Son tiempos de cambio. Ahora necesitas un título para aprender la ingeniería de prompts. Todo es show, hasta el amado béisbol se convierte en show. El ajedrez es un show de genios, ya no es el gozo de sentarse en un parque a jugar.

El artista que no vende no gana. A ese rincón de mentiras y ficciones arrojamos todo; somos demasiado racionales porque seguimos las mentiras con las que se alimentó nuestra imaginación. Somos obedientes y consumimos lo que los críticos y conocedores nos recomiendan; pensar por nosotros mismos puede ofender a terceros. Para exponer tenemos que saber vender. Entre mejor manipulas la verdad —omitir aquí y allá algunos datos—, veloz llegas a la tierra prometida del capital y la despreocupación. Utiliza ese saco y esa camisa que se te ven bien, que importa que tu alma sea salvaje y quieras descuartizar a medio mundo. Ten educación y agradece a la humanidad que te permite vivir un día más.

Leí un artículo que me sorprendió, pero de inmediato comprendí. Decía que un 40 % de las personas que leían por placer dejaron de hacerlo. No sé por qué me sorprendió cuando hay un short video que muestra a una persona comer un chile habanero y tiene 1K de vistas. También hay un gordo que baila y tiene miles de vistas. Nunca esperé que el cine, o escribir, me diera fama o de comer. Quizás por ese conflicto pasé una noche de llanto —con mezcal, whiskey y tequila en la sangre—, con productores del fracaso de mi vida. Y, eso es lo triste, de nueva cuenta debo reducir mi supervivencia a vender. Eso hace un artista, desmitificar a través de alegorías y metáforas.

La cabeza, esa bola de grasa sobre los hombros, es una molestia constante. La programaron para evaluar entre lo moral y lo inmoral. No importa cuántas películas de Allen y Bergman veas, sigue el mismo conflicto ahí. Víctor Hugo consuela, Kant ayuda, Hegel libera. Nietzsche le parte la madre a todo. Y, cuando por fin uno concilia algo, Camus, Sartre, Beauvoir y Cioran te joden. Regresas a Shakespeare, te sientes bien y Cervantes te ilumina. Todo es un ciclo, una lucha contra la mentira. Nadie te prepara para las mentiras.

Mis perros, la Pandilla Salvaje, son los que de verdad me instruyen y por eso los cuido y los amo. Aquí están, tranquilos, sin alterarse a la espera de un gato o una ardilla que los despierte. Ninguno se preocupa por morir, ni siquiera aquellos que por enfermedad tuve que sacrificar. Todos disfrutaron su naturaleza y cada momento de su vida sin esperar más allá de lo que el espacio y el tiempo le dispuso. Quisiera dormir con la tranquilidad con la que duermen. Correr con la libertad con que lo hacen. Al aullar, los acompañó, soy parte de la jauría, pero lo sé en mi interior, no puedo desprenderme de esas mentiras con las que crecí. Esa maldita necesidad de certezas. A lo mejor, de ser tan salvaje como mi pandilla, ya hubiera muerto, al igual que ellos han muerto y su único registro de que existieron vive en mis recuerdos.

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