Llevo semanas transcribiendo mi nueva novela y me topé con un problema que al principio confundí con pereza. Mis personajes no pueden pensar en extremos. No como un defecto moral, sino como una imposibilidad técnica: un personaje que solo ve en blanco y negro deja de ser una persona y se convierte en un cartel. Y los carteles no hablan, señalan.
Me quedé pensando en eso al apagar la computadora.
Esa misma semana, o quizás la siguiente —el tiempo durante la escritura se vuelve gelatinoso— hubo una reunión de viejos amigos de la primaria. De esas que uno acepta porque la nostalgia es un argumento difícil de rebatir. Llegué con la cabeza todavía en los personajes de la novela y me senté en una mesa donde, sin previo aviso, todo el mundo tenía resuelto el universo.
La economía estaba arruinada por culpa de alguien específico. La juventud era irresponsable, en bloque, sin excepción. El país iba hacia un lugar concreto —hacia abajo, por supuesto, aunque nadie especificó desde dónde. Yo escuchaba con esa cara que uno aprende a poner cuando entiende que no hay puerta de entrada a la conversación. No porque los argumentos fueran malos, sino porque no eran argumentos: eran veredictos. Y los veredictos no necesitan réplica, solo testigos.
Pensé en mis personajes. Ninguno de ellos hubiera podido sentarse en esa mesa. Los habrían expulsado en el primer párrafo.
Lo que sucede con el pensamiento en extremos no es que sea incorrecto. Es que es cómodo. El universo es volátil, impredecible, complejo y ambiguo; es caos y vivir dentro de esa incertidumbre cansa. Es mucho más sencillo acomodar la realidad en dos cajones —el bueno y el malo, el correcto y el equivocado— que aceptar que casi todo vive en ese territorio sin etiqueta donde nada se resuelve del todo. Le tenemos pavor al caos no porque sea peligroso, sino porque nos exige hacernos cargo.
Las etiquetas no completan el significado de las cosas. Solo las cierran antes de tiempo.
Y entonces viene lo más interesante, que también descubrí mientras escribía Tu Tanta Falta de Querer: quien persigue algo con suficiente ferocidad termina convirtiéndose en su agente. El defensor irrestricto de la libre expresión que solo la defiende cuando dice lo que él quiere escuchar. El moralista que combate la intolerancia con la misma intolerancia que denuncia. El que odia a los que odian, con todo el odio disponible. No es hipocresía —o no solo eso. Es la consecuencia natural de ver el mundo en un plano: cuando todo es izquierda o derecha, arriba o abajo, terminas siendo exactamente lo que combatías, solamente que del otro lado del pasillo.
En la reunión de primaria nadie lo notaba, claro. ¿Por qué iban a notarlo? La certeza tiene esa cualidad: se siente como claridad.
Y cuando la lucha se complica, cuando mantener la postura cuesta algo real, aparece el último recurso: la politización. Le ponemos bandera al problema, lo convertimos en causa, y de pronto la solución ya no es nuestra responsabilidad, sino de un movimiento, un partido, una generación entera. Es comprensible. El caos cansa, ya lo dije, y cargar con la contradicción de un problema sin resolver es un trabajo de tiempo completo que nadie remunera.
Pero eso es exactamente lo que hace un personaje de novela cuando está mal escrito: externaliza. Le pasa su conflicto interno a las circunstancias, a los otros, al sistema. Y el lector lo siente de inmediato, aunque no sepa nombrarlo.
Cerré mi novela esa noche con una certeza menor pero más honesta que todas las de la mesa de la reunión: la ficción es el único lugar donde la contradicción puede vivir sin que nadie la obligue a resolverse. Mis personajes no piensan en extremos porque la realidad tampoco puede. O no debería. Y si el escritor piensa en absolutos, tarde o temprano sus personajes empiezan a parecerse a carteles. Y los carteles, como dije, no hablan, señalan.
