Sin portada

Me gusta pasear entre los pasillos llenos de libros, leer los lomos a la espera de que alguno sobresalga con la promesa de una aventura. Todo dentro de una librería es un misterio, hasta los títulos que ya conozco. Estar ahí es como caer en un hoyo negro que succiona el tiempo. Nunca he entrado a una librería con la intención de salir en cinco minutos. Siempre son horas. Más de una vez perdí mi entrada al cine porque decidí navegar entre los libros mientras empezaba la película.
He ido a las librerías que ofrecen café y té, pero nunca me he sentado a tomar uno. El dinero que llevo en la bolsa alcanza para un libro, y prefiero invertir ahí en lugar de una bebida sobrevalorada porque la sirve un barista.
Lo que me entristece son las portadas.
Busco siempre un espacio con autores nuevos. No es fácil encontrarlos: están escondidos entre los best sellers, los clásicos con ediciones llamativas, la autoayuda, las biografías. Todavía es más difícil encontrar autores nuevos en español. Los hay por montones, pero sus obras viven en otro lado.
No me disgustan los clásicos. Los leo y algunos los releo: la misma copia del Quijote que lleva setenta años en mi familia, el Moby Dick que compré hace treinta, el Gran Gatsby que compré hace treinta y cinco. Hablan de temas universales y, al volver a ellos, sobre todo al Quijote, encuentro una lectura nueva. Pero también quiero leer aventuras que sucedan en mi tiempo, en mi entorno.
Hoy ponen mucho énfasis en el diseño. Supongo que es la moda del unboxing: ahora todo objeto tiene un video que muestra su parto en el cartón. Las ediciones nuevas de los clásicos tienen ese mismo renacimiento. Ya no basta el contenido. The Lord of the Rings necesita un pack con una curiosidad de regalo, Alice in Wonderland un box set con estampas coleccionables, The Waste Land de Eliot va ilustrado. Tanto color y dibujo; las librerías se esfuerzan más por hacer un Disney World que un recinto para las obras. En las cafeterías-librería, además del aire bañado en olor a grano tostado, hay una atmósfera densa de esnobismo, y las ediciones suelen ser caras.
Cuando vivía en la Ciudad de México, aprovechaba los días en que la manifestación de moda no tuviera secuestrado el centro para pasear por Donceles. Ese mundo del libro antiguo y usado. El internet debería ser el lugar donde uno encuentra y conecta con autores nuevos y desconocidos, incluso clásicos que las editoriales ya no publican porque su obra no genera interés. Pero el comercio también nos arrebató ese espacio. Todo es mercancía. Hay rincones que la dictadura de los algoritmos esconde bajo la basura de siempre.
No digo que antes fuera mejor. Fue la misma historia: la aversión a la aventura es un mal que nuestra especie carga en el ADN. Se necesita valor para tomar un libro cualquiera, sin fijarse en la portada, la sinopsis ni las recomendaciones, y adoptarlo. A veces, muchas veces, es un crío de hojas berrinchudo, sin pies ni cabeza. Lo que rescatas, por una inversión que no es poca, es la perspectiva nueva.
Solo adopto ficción. Las biografías —ahora abundan las de influencers y políticos— me parecen iguales entre sí, dramas en letras negras sobre la línea de tiempo del manómetro editorial. La portada ilustrada miente igual: busca sobresalir para que me acerque, lea la sinopsis, lea las reseñas.
Pronto ni el texto será suyo. Le dará flojera y dejará el trabajo a la máquina mientras cobra sus doce monedas de oro. Y la portada, esa sí, cada vez más hermosa.
