Como escritor independiente no existe el espacio perfecto para llevar a cabo el oficio. Ni el tiempo perfecto, como he descubierto al paso de los días. Podría decir que el único lugar libre y privado son las libretas de apuntes. Creí en un momento —y de verdad que lo intenté— que al usar una herramienta portátil (celular), para apuntar notas y escribir en las grietas de tiempo que aparecen en el ocupado día, me llevaría a escribir sin detenerme. Pero fue una ilusión. No he podido dejar la pluma y el papel de lado.
Quizá sea porque la curva de aprendizaje consumía mis tiempos de escritura creativa. Quizá porque me distraigo con cualquier cosa que mueve el aire o, a lo mejor, porque mi vida se acomoda al sistema de la pluma y el papel; para qué cambiar algo que funciona bien. De lo que estoy seguro es que aprender un nuevo sistema para capturar ideas se volvió un problema más de mi lista de asuntos pendientes.
Cada mañana, a la hora de tomar las decisiones en donde invertir mi tiempo, posponía la tarea de aprender a utilizar de manera efectiva el nuevo sistema. Un buen día, cuando la tarea pendiente ya florecía en mi pizarrón de notas, decidí por quitarlo y olvidar el asunto.
Como escritor sólo tengo una tarea importante en el día: escribir. La cual no es simplemente sentarse a escribir. Consta de leer y hacer anotaciones, revisar estructuras, editar, publicar, etc. Pero claro, un escritor independiente en tiempos en que un algoritmo guía al lector que leer, los ingresos económicos no cubren los gastos de servicios encargados de los asuntos freeloader. Además, por fin, después de mi aventura kafkiana, recibí mi ISBN para publicar mi segunda novela. Lo cual, pasó de inmediato a ser una prioridad.
Pero la vida real no es tan racional y eso de establecer prioridades no es cosa sencilla. Algunos de los asuntos que aparecen en el día los resuelvo de inmediato en el caso de que no roben mi atención más de cinco minutos. De lo contrario, los escribo en un pedazo de papel y los clavo en una esquina del pizarrón de corcho. El problema es cuando ignoro varios asuntos al día. Terminan por ser un eslabón de una cadena amarrada a mi cuello que los arrastra hasta la noche; el único momento en el que soy de verdad libre para escribir.
En apariencia, cada eslabón alarga la cadena tanto que da la ilusión de libertad. Pero en realidad el amarre sólo dificulta mi movimiento. Algunos de esos eslabones, en la noche, estarán débiles, incluso, deshechos. En cambio, los asuntos que pesan y aletargan, sin ser protagonistas, y que viven entre líneas —el matiz que hace avanzar la aventura del hogar, la convivencia con mi pareja y el sueño de independencia—, son los que al posponerse alimentan a la esfera negra de la cadena.
Si la esfera fuera, lo que aparenta ser: un peso muerto, la dejaría dentro en un cajón. Pero es un elemento que sin necesidad de luz o agua crece hasta destruir los muros que la encierran para aplastar mis tiempos de libertad. La lógica me lleva a pensar que la única manera para detener el crecimiento a lo bruto de la esfera es eliminando los eslabones de la cadena por donde pasan sus nutrientes. Entonces recurro a la arcaica herramienta de las listas.
Pero los eslabones, por su naturaleza, están entrelazados y no todos son del mismo grosor. Algunos se rompen fácilmente. Para los otros es necesario fraccionarlos en pequeñas partes. Pero descubro que estos eslabones no sólo pesan en la superficie, sino en lo profundo de su esencia, devoran el tiempo. El tiempo que decido para hacer mi tarea más importante del día, la única que aparece en mi pizarrón de corcho: escribir, está bajo amenaza. Me digo para no detenerme y pensar mucho: hay que adaptarse o morir.
Ya no sólo es una lucha por destruir la cadena y librarse de la esfera negra, ahora es un plan para escapar de la prisión del tiempo. La anarquía del segundero y el minutero impide la claridad para decidir. El trámite kafkiano del ISBN empalmó la prioridad de publicar mi segunda novela en este año con la de escribir. Ya no es suficiente clasificar y acomodar en listas desmenuzadas mis tareas, ahora necesito obrar el milagro que todo perezoso desea: detener el tiempo.
Estoy atrapado en la moderna tendencia de la inmediatez. No es una cadena, es más bien una celda de la prisión en la que no hay tiempo de contemplación ni de pensar. Para existir o estar en la mente de posibles lectores, tienes que generar contenido. Es la celda del aislamiento en la cual estoy encadenado a la pared.
Pero la esfera negra, los eslabones, la prisión y las celdas son una ilusión alimentada por una narrativa narcisista. Librarse no es tan fácil porque quedo atrapado en esas cadenas desde el momento en que pongo el pie fuera de la cama.
Sin perseverancia y paciencia, sólo cuando duermo, en el mundo de los sueños soy libre. La perseverancia es la guía que me mantiene en los límites de mi oficio. Todos los asuntos que aparecen en el camino pasan por el filtro de mis objetivos. Para los asuntos que necesitan mi atención inmediata, uso la paciencia. No se trata sólo de posponer con la ilusión de que se resuelvan solos, sino que los agrupo para atenderlos en un mismo día, o dos, en el caso de los complejos. Uso estas dos herramientas constantemente. He descubierto que, al acumular asuntos sin ponerles atención, lo que hacen es bloquearme cuando la cadena es larga y me convenzo de que es ligera. Entonces cada asunto nuevo parece ser urgente e importante; lo cual es falso. Para mí, un problema no es un pesado eslabón; es un asunto que escribo en mi libreta de anotaciones para quedar a la espera de ser atendido.
