En febrero es cansado pensar en salir a dar la vuelta a la cuadra. El pueblo, con sus tres avenidas principales y con más o menos diez calles transversales, es árido. Recordaba que febrero era de un viento fresco y fuerte, pero aquí, por la falta de árboles, el poco aire que hay levanta polvo y es caliente.

Alrededor, en los pueblos aledaños empotrados en cerros, dominan los árboles. Con la esperanza de conseguir frescor, sembré tres al centro en el jardín: una granada, un naranjo y una mandarina. Estos aún pequeños no aligeran la descarga del sol que, sin intermediario, da todo el día a mi escritorio. Solo si hay nubes o neblina trabajo con una temperatura, no cómoda, pero tolerable. Al alba, el ambiente se refresca. Pero ha sido tanto el daño del sol que estoy agotado para caminar y disfrutar de los cantos de las aves que ya se preparan para la primavera. Es hasta marzo, más aclimatado, que puedo regresar a mi rutina de andar por las calles. Así, hasta noviembre, cuando da inicio la fiesta del pueblo.

Al caminar pienso en las razones de por qué escribo. Es una pregunta recurrente en los últimos años. Mi trabajo personal ocupa pocas horas del día. Las ganancias generadas por mis novelas me han dado lo suficiente para comprar un costal de comida de 25 kg para la Pandilla Salvaje; comen 200 kg al mes los ocho integrantes. Mis ingresos para lo necesario provienen de hacer trabajos por encargo.

Por un lado, el proceso de investigar e intentar meterme a la cabeza de los clientes es un ejercicio para mi escritura personal, lo cual son mis novelas. Para el caso de mis artículos como el presente, su razón de existir es el desahogo. El escape a un mundo donde puedo crear un debate personal sin la intención de convencer a nadie de lo que pienso.

Todo parte del gusto que tengo por deliberar sobre distintas ideas. La finalidad no es convencer de lo que pienso a otra persona, sino cuestionar lo que doy por seguro al materializar lo que discurre en la mente. Evito lo más que puedo hablar de política, nacional e internacional, por ser agua turbia en que nadie tiene ni una verdad ni los datos completos.

Pero, a pesar del placer que tengo por polemizar, las marchas no tienen como objeto socializar. No soy tan salvaje como desearía; digo buenos días o buenas tardes, según corresponda. Pero en los dos años y medio que llevo entre mis vecinos, «pueblo chico, infierno grande», socializar es inevitable y cobra caro. Uno de esos gastos son los charlatanes que pluralizan sus certezas y creen que al callar se les concede la victoria, ¿sobre qué? La nada. Ser sociables es sacrificar la soledad. Perder el momento íntimo en el que no hay más que escuchar a las voces que viven dentro de nosotros.

Así la escritura me ayuda a soportar la prostitución de mi soledad. La contagié por el temor a ser desagradable. En el intento por complacer llega la peor de las ofensas: consejos para ser útil en la vida. Es lo más estéril que puede decir un ser humano. Más cuando, por utilidad, se refieren a trabajar hasta agotarse para que otro alcance sus sueños.

¡Qué fácil es juzgar a alguien que escribe! Las personas son infantes inocentes y creen en la figura romántica del artista que se vende en la televisión. Ojalá fuera así de sencillo. Cuando escribo, dejo de pensar y huyo de cualquier posibilidad de convertirme en alguien útil. Soy el tonto de la colina. Pero se llega ahí cuando en la cabeza vive todo el ruido de pláticas, juicios y prejuicios que sembraron los legos con los que conversé. Daría un saco de oro por ser un experimento de Psamético I y solo decir bekós.

No lo soy y tengo que lidiar contra mi cabeza para dividirla en dos. Muchas de mis letras las vendo para pagar la renta y no por ello escribir me esclaviza. Más que para comer y tener un techo sobre la cabeza, escribo para estar. Para olvidar los momentos del pasado, del futuro y disfrutar el instante en el que fluyen las palabras sobre el papel.

Esos artículos vendidos son esclavos —tienen que serlo— de las convenciones de la prosa y sintaxis; son mercancía sobre todo. No, en cambio, mis novelas, en que los personajes sufren del salvajismo con el que torturo a la narrativa. Esa es la idea, sentarme y exprimir la cabeza hasta quedar vacía para que entonces pueda decir algo. Sin el gozo de escribir novelas, no soportaría mi vida de domador de mis textos para que el charlatán los disfrute y entienda.

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