
Una de mis posesiones más queridas es la cafetera italiana. No una en específico, pues a lo largo del tiempo, varias me han dado sus servicios. Me refiero al aparato, a la idea de lo que es una cafetera italiana. En mi tierra de origen los niños nacen con el gusto del café desde una edad muy temprana. En el desayuno, sin preguntar, se nos daba un café para saborear el pan. Es para la calor, dicen, pues uno despierta, fresco y la temperatura es alta y húmeda. En otros lugares es para el frío. Siempre hay un pretexto para gustar de un café.
El problema es que con el tiempo abusé de esta maravillosa bebida. Llegué en algunos días a zumbar de dos a tres tazas por hora. Sufría de una ansiedad asfixiante. Mi otro vicio fue el tabaco. Devoraba ambos placeres como si no hubiera mañana. El sabio tiempo me obligó a moderar el café y suprimir el tabaco.
El oficio de escribir es el que a gritos pedía que tomara tazas de café, sin ningún gozo, solamente para hacer un espacio y poder respirar entre idea e idea. El espacio de trabajo estaba decorado con todo tipo de manchas de café. Marcas de tazas en papeles con notas; partículas de café entre el teclado con algunas de las teclas cubiertas por las gotas de la bebida; el tablón con derrames de la mano ansiosa. Todo el lugar olía a café; no de una manera agradable. Tenía que cumplir con un número total de caracteres y palabras. Alcanzar las metas; ser productivo.
Las noches de malestar fueron las primeras señales. Requerí un tiempo y fuerza de voluntad para librarme de las gruesas cadenas de los malos hábitos. Lo hice cambiando la forma de ver eso que creía era trabajo. Mucho de lo que hacía era para complacer las fauces de malos empleadores. Los necesitaba, no sólo para mantener mis vicios, que eran exigentes. También mantenían los consumos innecesarios que ya eran necesidad. Eso bastaba para mantenerme lejos de mis sueños y aspiraciones personales.
Las prioridades, siempre inclinadas para cumplir las demandas de otros, mantenían la sensación de trabajo. Los premios banales alimentaban mi orgullo. Y, esa sensación de poder comprar y adquirir: ropa, gadgets, autos, viajes, era una satisfacción que golpeaba mi deseo por escribir con libertad.
Es la perspectiva de mirar cómo un mazo golpea al segundero y al minutero, lo que reduce el espacio. Los muros parecen caer sobre uno cuando el ejército de la urgencia amenaza con treparlos y tomar tu castillo. En lugar de fortalecer el arte de la paciencia, buscaba distracciones, no para evitar que el ejército avanzara, sino para mirar al otro lado. ¡Como si eso desapareciera la amenaza! Intenté crear otra urgencia para librarme de todo: una simple sustitución, un truco barato de magia. Fallé en el intento, pues esto fertilizó un campo que no cultivaba. Ahí donde crecía hierba mala, creció un bosque de frustración regado por constantes malas decisiones.
Como depredador hambriento me lance a la persecución de seguidores y de aduladores. Seguí todas las normas populares hasta que me vi en una nueva prisión. El vodka fue la anestesia que me ayudó a arrastrar la bola de cadena que lucía con orgullo. Un nuevo atrapa idiotas que una vez más cubría de colores alegres mis verdaderos sueños.
Por un momento creí que una cosa me llevaría a otra, pero fue grande mi decepción al descubrir que para publicar una novela bajo las formas correctas de la industria tendría que sufrir un trato de mercancía. Fue la buena fortuna la que me dio la oportunidad de aplicar una ingeniería para construir puentes y caminos. Paso a paso salí del atolladero. Para que funcionara el nuevo rumbo, a la cabeza de todo, puse a la paciencia.
Pero es difícil ser paciente cuando todo alrededor te empapa de inseguridad. Hágalo usted mismo, es otra bestia a la que, si se busca ser auténtico, no se puede domar. Esto inició una nueva batalla contra mí. El mundo está hecho para funcionar como comunidades sociales. Mi camino, no era apartarme, pero sí era, sacudirme de muchas costumbres, supersticiones y tradiciones que impedían el avance. Y, estas están hechas para que la comunidad funcione. La nueva ruta tenía que ser disfuncional.
El mundo se convirtió en un organismo dinámico que chupa el tiempo y el espacio de aquellos que buscan la calma para contemplar. Vivo bajo un constante bombardeo de información inútil y sobredramatizada. El consejo simple y común es: apaga todo. No es sencillo cuando necesitas algo de ese todo para capitalizar tus sueños.
Además de la paciencia, se necesita de la persistencia para escribir. Son las dos armas para enfrentar al dinamismo de un ambiente hostil. No hay mejor sensación y trabajo que sentarse con una idea en la cabeza y entretenerla. Ver a mis perros los días de lluvia, saltar en los charcos de agua, enlodarse y mojados, aventarse a mis piernas para lamer mi cara. Todas mis hojas de trabajo quedan con las manchas de sus patas y salpicadas del agua que se sacuden ahí a mis pies. Esa es la calma que deseo ahora. Sin muchas preocupaciones. Me cansa la frase: agrada para comer.
Claro que carezco de algunos lujos, innecesarios para mi estilo de vida. Sin estos, me puedo enfocar más en el tiempo para escribir. Pero también, a regañadientes, debo de organizar mejor mis tiempos. Autopublicar es una tarea que lleva su tiempo si uno quiere hacerlo bien. Además, están los trámites, registros y correcciones necesarios; mandamientos de la iglesia racional y lógica.
Esta filosofía no da lujos grandes porque el trabajo no llega a nada ni a nadie: no importa. Y no lo digo arrogante. Es el agotamiento de andar en una persecución de mitos y leyendas. Seguir reglas hechas por una sociedad que ya desapareció. Ese camino nunca llega lejos. Enseña poco. También desgasta a un espíritu combativo. Uno que lucha contra los gigantes de una educación de prejuicios y buenas maneras, que quieren mantenerme prisionero para facilitar mi vida.
Veo a los escritores que publican y reciben premios de la misma forma que la clase media mira a los políticos, millonarios y demás celebridades, sus excentricidades y eventos sociales: con un desdén hipócrita. Nunca te desprendes de verdad del ego y la envidia porque usan la máscara de la ambición. La bien vista y buena cualidad en la era de depredadores.
Todo este circo es el que decepciona. La farsa del éxito que maquilló el siglo XX y el XXI lo anuncia con fuegos artificiales. Sí, todo esto es espectacular y envidiable, pero el sacrificio es alto.
Lo triste y que lamento, la nueva dinámica, apretuja mi ritmo de trabajo. A pesar de la democracia del ciberespacio, los trámites son engorrosos. Este nuevo universo no me reconoce por lo que soy desde hace mucho tiempo. Ahora reconoce y cree que soy lo que vive en mis redes sociales.
Ese es el nuevo navegar del día, balancear mi nave entre las olas mientras el navío se mantiene lejos de los puertos. ¿Para qué estar ahí donde todos se desgarran por un pedazo de tierra? Paso el tiempo sumido en mis pensamientos, mientras la pluma y el papel, esperan pacientes mi regreso.

