Como es de noche, salgo al jardín con un cigarro y miro a la luna. Un momento después ya estoy buscando el almanaque de la Bóveda celeste. Me gusta rastrear constelaciones, leer los mitos, los distintos nombres que les dieron las civilizaciones antiguas. Unos años atrás, por ociosidad, a algunas les inventé nombres que solo a mí me hacían sentido. Armé constelaciones propias con estrellas sueltas. En unas ocasiones no funcionaron porque un satélite cruzó el camino, pero fue divertido. Esas noches paso más tiempo contemplando el cielo que escribiendo. Y son las más.

No todo se debe a la falta de enfoque. También son esas voces que en el silencio asoman y susurran: ¿Para qué sirve lo que haces? Sé de dónde viene esa vocecita. De la cultura del éxito con la que me formé, desde que caí en el abismo de las comparaciones.

Soy más soñador que hombre de acción. Quedé muchas veces como nota al pie, con el sello de “se esperaba más de ti”. Algo queda en el subconsciente que, como todo anuncio subliminal, se mete a la cabeza.

El trabajo del artista es solitario. Llegar a lugares que nadie ha pisado. No hay proceso universal; de ser así, ya existiría un libro definitivo. Hay quienes se sumergen en el silencio y quienes encuentran la chispa en medio de un café para mostrar las partes del alma que nadie puede ver. El tiempo corre tan rápido que vivimos demasiado ensimismados para observar algo más allá de nosotros mismos.

La mentira de la productividad es el tormento extra. La instaló el hombre de finales del siglo XX y el XXI la convirtió en filosofía de vida. Ese ser masculino, vacío de propósito y sin saber cómo ocupar el ocio, hizo de su voluntad una ley. Se volvió mito. Propagó las ficciones de personajes históricos —sus rutinas, probablemente fantasiosas— para que los demás las imitáramos con la esperanza de trepar la pirámide. Los atajos no son más verdaderos que esas rutinas. Supongo que muchos las seguimos por esa mala neurona que llamamos esperanza.

Esa figura corrompió las vidas de quienes disfrutamos el sufrimiento del proceso, enterrándolo bajo la promesa de la satisfacción inmediata. ¿Dónde queda el tiempo para contemplar?

Yo solo puedo trabajar bien cuatro o cinco horas al día. Nadie a quien conozca puede demostrar que usa cada minuto para producir y decirlo con brillo en los ojos. Lo que sí veo son personas exitosas de cara sombría. Con un par de whiskeys ahogan su tragedia a gritos, buscan peleas con desconocidos por nimiedades, entretienen sus ansiedades con gadgets y viajes lujosos. Van a la playa para no salir del hotel.

Yo le rasco a la noche para que me regale un par de horas de inspiración. A veces me las da. Pero muchas las paso mirando las estrellas.

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