Antes de que el ser humano domesticara al trigo y diera inicio a la era de la agricultura, fuimos, entre 290,000 y 300,000 años, cazadores-recolectores. Imagino que durante ese tiempo de nuestra evolución no había tiempo para pensar y planear. Ese ser humano de las cavernas despertaba cada día a buscar el sustento que le permitiera sobrevivir. No podía esperar el momento perfecto del día para ir a cazar y recolectar. Las condiciones de su vida lo obligaban a actuar; de lo contrario moriría.

En la actualidad, la práctica de cazar —en la gran mayoría de los casos— es un evento cruel que alimenta a los egos débiles. Pero es importante reconocer que cazar es más natural para nosotros que sembrar e irrigar la tierra. Ese salvaje nómada, cazador-recolector, queramos o no, vive dentro de nosotros.

Cuando escribo, es al cazador-recolector al que invoco. La ciudad me da la facilidad de tener la vida de un agricultor. Pero no me proporciona el alimento para el alma; a ese lo tengo que salir a buscar. Todo el proceso de la escritura lo hago como una práctica salvaje. Desde el alba dejo a un lado las necesidades del cuerpo para con la pluma y con la Pandilla Salvaje salir a cazar en busca de palabras e ideas.

Escribir fue una necesidad que vivía en mi interior y, por ignorarla, luchaba contra esta. Escribir, al igual que cosechar, no es una práctica natural. El universo de personas que me rodeó en ese tiempo alimentaba mis miedos, que se transformaron en los pretextos para no acudir al llamado. Ser perfeccionista, escribir con un sentido racional y lógico eran algunas de las enseñanzas que intentaban domesticar algo que deseaba libertad. Al paso de los años, busqué con otros oficios apaciguar la llama salvaje que vivía dentro de mí. Cuando ya no pude contener el fuego, gracias a un capricho del destino, cultivé las flamas hasta que incendiaran todo mi cuerpo y mente.

La llamarada creció cuando era cineasta. Por una necesidad de conseguir dinero, llegó a mis manos la sinopsis de un proyecto que deseaban hacer guion cinematográfico. Yo era productor con el sueño de dirigir. Justo estaba en la planeación de hacer mi ópera prima, por lo que me venía bien el dinero extra. De eso ya diez años. La escritura y los tratamientos necesarios para presentar el proyecto y buscar el capital llevaron más o menos cuatro meses. Fueron cuatro meses en los que me sentí libre. Todo dejó de importarme y preocuparme, excepto por escribir. Por distintas razones, hasta la fecha, el proyecto de filmar el guion no se ha concretado. Pero sirvió para atender el llamado que tantos años había ignorado.

Desde ese momento voy sobre una delgada línea que separa la continuidad y el derrotismo. Por la inseguridad de esta nueva aventura, me junté con algunos escritores que tenían experiencia en el oficio; cursé un par de talleres y leí los libros que pude sobre escritura. Pero ninguno me ofreció lo que buscaba; al contrario, muchas veces intentaban hacerme desistir. Todo era corrección y críticas que me parecían proyecciones de las inseguridades de los mentores. Cada texto me llenaba de dudas y fortalecía mis miedos. Pero me mantenía en la ruta porque sabía que escribir era lo que deseaba hacer.

Cuando tomo la pluma, todo desaparece. Desaparece el deseo de querer agradar en la búsqueda de una perfección absurda. Me cansaba de leer las citas de otros escritores para motivarme. Lo que me servía era conocer sus procesos y sus enfrentamientos contra la resistencia del escritor. Más que crear el párrafo perfecto, quería cazar a las palabras para sobrevivir. Así que dejé atrás a ese agricultor que necesitaba domesticar para capturar las certezas de la popularidad. Al fin y al cabo, el agricultor solamente lleva en mis genes 10 000 años. Tenía que dejar de pensar; tenía que hacer. Escribir sin procesar las palabras. Más que vaciarme, intento desconectar al ego de la ecuación alma-pluma-papel y que las ideas y palabras fluyan al papel sin filtros.

Claro que en una parte del proceso está la edición. Lo que deseo es que en el primer borrador las ideas broten y se conecten de manera salvaje. En busca de su supervivencia. No busco ser un cazador que llena las paredes de su estudio con cabezas de animales muertos. Entiendo que estos trofeos sirven para validarse. Yo quiero que mis libros vivan y muerdan.

Mis trofeos son los rechazos. No por arrogancia, sino porque estos vienen con recomendaciones: seguir a las tendencias si quiero vender algo; hablar de temas juveniles. Entiendo las razones, ¿por qué gastar el tiempo de empleados, en papel y tinta, en un libro que nadie leerá? Lo que no me gusta es que la publicidad actual imagina al público como una mercancía domesticada por algoritmos. Yo no deseaba adaptarme al mercado. Si algo pienso, es no pedirle a mi arte que pague las cuentas.

El cenit de escribir es publicar. Mi primera novela recorrió ese camino. Lo poco que viví no se parecía en nada a lo que imaginaba que sería. Las personas interesadas en mi trabajo me recordaron a las mismas que circulaban en la edición y distribución cinematográfica. Estaban más enfocadas en marketing que en el contenido. Minimizaban el aprecio y esfuerzo que invertí en mis palabras y párrafos. Los comprendía porque también estuve en sus zapatos cuando era productor de cine. Pero pensaba que el mundo de los libros era distinto. Esto me llevó a la decisión de autopublicar.

La autopublicación es una aventura que divido en tres partes en las que me esfuerzo para que sean creativas. Esto hace que en cada proceso me transforme en tres personas distintas. La primera, el creador. La segunda, el editor. La tercera, el publicista. En la segunda aventura, hubo conflictos entre estos tres personajes. Durante la edición y en la promoción me enfrenté a la Hidra. Defendí mis párrafos con argumentos. Me ayudó para reafirmar mis ideas. Como editor no fui blando, exigía. Como promotor decidí ser creativo y adaptarme a lo que el escritor logró.

A pesar de mis protestas, hice una planeación de promoción. Ese es el siguiente paso obligado de la autopublicación. En el cine me quejaba justo de dejar este proceso a medias. Es un trabajo constante si quiero que las personas adquieran mi obra. Dejar huella de mi trabajo. No importa si este llegue a formar parte de la antibiblioteca de un hogar.

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