Todo ese reclamo era porque no pagué el internet de la casa. La fecha límite quedó debajo de otras prioridades. En estas fechas toda mi cabeza está dedicada a dos cosas principales: promocionar Tu tanta falta de querer y la transcripción de mi nueva novela. De inmediato tomé el celular para hacer la transferencia mientras los reclamos seguían. No obstante, mi pareja no tenía que hacer una lista de todas mis fallas por un simple olvido.

El evento se llevó a cabo cuando me preparaba el café de la mañana. En ese instante, además, resolvía el conflicto de una escena. La pausa era necesaria porque al llegar al capítulo dos el drama se estancó. Era apenas el inicio de la historia, todavía no llegaba al conflicto principal y ahí estaba, una escena incómoda. Recordaba que al escribirla lo hice con ilusiones y buen flujo. Pero ahora aparecía frente a mí como un invitado incómodo. Tenía detalles que no reconocía, como es costumbre, haber escrito. Era una escena perfecta como unidad aislada. Pero en ese momento, al tener el resto de la historia escrita, no funcionaba en el conjunto.

La necedad la quería meter a la fuerza, aun a pesar de que mi razón decía lo contrario, así que en ese momento pensaba en un rescate. Pero no es tan fácil. Hacía un ejercicio de memoria sobre toda la novela. Ver si la escena podía dar información que más adelante funcionara o que la desarrollara poco a poco durante el resto de la historia e integrarla. Sin embargo, los reclamos irrumpieron y acabaron con los argumentos internos. No me alteré ni respondí de inmediato. Asumí las consecuencias de mi descuido y, antes de que la cafetera expulsara el vapor, pagué el internet. Los reclamos siguieron: «Claro, tú no usas el internet para trabajar» era la frase que se repetía. El enojo era genuino; creía que lo había hecho adrede, como si fuera un verdadero malvado que conspiraba contra su obra.

Lo peor fue al repetir lo que una grabación me comunicó al reportar el pago: «El servicio se va a restaurar en 24 horas». Los servicios de internet del país son una basura con sobreprecio. Después de la buena atención que brindan para hacer el contrato, se olvidan de uno. Ella explotó; mantuve la calma. No tenía disculpa y lo aceptaba. Mi silencio fue combustible para su coraje, que lo tradujo como una falta de empatía de mi parte.

Ella necesitaba discutir para echar leña a su hoguera creativa. Cuando está estancada, los pleitos y gritos son el combustible de su preferencia. Lo sé y, por lo general, pongo mis troncos a su servicio. Pero esta vez era distinto. Mi cabeza no solo peleaba contra una escena. También lo hacía contra la resistencia de trabajar. Además, en estas fechas, el tiempo no está de mi lado. Tengo que entrenar y pasear a la Pandilla Salvaje para que regresen a su estado de buena convivencia. También está la fiesta del pueblo con sus cantos y música. Este año la celebración a la Virgen se prolongó un par de días más.

Encima está el pendiente de lavar la ropa, el cual he estado posponiendo por el frío que maliciosamente congela el agua y esta entume mis manos.

La dejé hablar y hablar sin decir nada. La quería escuchar, pero mi mente estaba en otro lado. Pensaba en lo poco original de la escena; insistía en defenderla. La cara de mi pareja ya estaba colorada para cuando puse atención a lo que sucedía. Hubo un silencio. Quise decir algo, pero me contuve. De hablar, hubiera quedado bajo una avalancha de corajes. Por supuesto, ella siempre tiene la última palabra. Más esta vez que contaba con la razón de su lado. Ese estúpido ego siempre me mete en problemas y luego ando cargando un coraje todo el día sin poder regresar al trabajo.

Así funciona mi cabeza. Quiere evitar trabajar a cualquier costa. No importa el sacrificio que tenga que hacer y una discusión es la excusa perfecta. Sabe que eso me desgasta y pondría de lado el trabajo para desconectarse del resto del día. Pero no había internet; creo que de eso no era consciente. «Trágate toda esa frustración como lo hago yo», dije. Fue un impulso, sin pensar. Esto terminó el asunto. Regresé a mi debate mental con la escena. Solo interrumpí el trabajo para entrenar con los perros.

Volví a ver a mi pareja hasta la hora de la comida. Todo ya estaba en el pasado. Habló de su día y aprovechó la falta de internet para trabajar en unos bosquejos e ideas que tenía apuntados y archivados. Tenía en planes una nueva serie de collages. Estaba en la zona; ya hacía tiempo que no la veía con esa mirada.

Discutimos acerca de los temas que deseaba explorar y después escuchó la narración del laberinto en el que me encontraba; al parecer lo único que tenía que hacer era explicar las razones de por qué deseaba rescatar la escena en voz alta para decidir, como lo pensaba desde un inicio. Me di cuenta de que nada aportaba a la historia por más vueltas de tuerca que le hiciera.

Después de comer, regresé a tachar las hojas que tenían la escena y la justificaban. Luego de archivar todo, quedé satisfecho de la jornada a pesar de que no avancé en la transcripción. Mañana retomaría el camino. Ese es el trabajo de la transcripción. Es cuando haces la primera edición en la que tienes que deshacerte de la basura que estorba a la narración.

La mañana siguiente, prendí la computadora; el internet aún no regresaba. La compañía que me da el servicio amablemente me dijo que no eran 24 horas, serían 3 días hábiles. Trabajé un rato antes de mi café y prepararme mentalmente para un nuevo enfrentamiento.

Al entrar a la cocina escuché a Bill Evans. Me asomé al estudio y vi a mi pareja en el teclado, enfocada. Me acerqué a Quetzal, que estaba a sus pies; roncaba. Acaricié la panza de Quetzal y fue entonces que crucé una mirada con mi pareja. ¿Ya sabrá que aún no hay internet? Platicamos sobre la aplicación de los bosquejos del día anterior con el trabajo que estaba en pausa. Esta vez escuché con atención.

Así transcurrió el resto del día. Del internet no hablamos más.

Murphy le enseñó a pensar. Entre la opresión militar que devora su barrio y la lealtad hacia el único hombre que le mostró cómo resistir, un joven debe elegir qué tipo de persona será cuando el mundo se derrumbe. Una novela intensa sobre la fuerza del conocimiento frente al poder de las armas.

En el México donde el poder y la violencia mandan, «Nunca es suficiente» retrata vidas marcadas por el dolor y la resistencia frente a la manipulación por parte del gobierno, ejército y traficantes. A través de personajes inolvidables, la novela expone el precio de la supervivencia en una sociedad donde la paz siempre parece inalcanzable.

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