Esta semana inicié la transcripción de mi última novela. En las anteriores dejé reposar el primer borrador casi un mes. No era algo planeado. Nunca planeo esas cosas. Solo sucedió de esa manera. En la novela actual, el tiempo fue distinto. Es posible que esto se deba a la duración que me llevó escribirlo, poco más de un año. En mis trabajos anteriores tardaba entre tres y cuatro meses. Claro, solo hablo de la escritura. La planeación y la narración se chupaban casi un año. El último trabajo lleva ya dos años desde que hice la sinopsis.

Este proceso fue largo por los cambios que se dieron en la rutina anterior. Tres mudanzas y la decisión de vivir con mi pareja. Esto alteró a la de por sí desordenada forma de trabajo. Mis notas estaban distribuidas en cajas y libretas que a cada rato tenía que consultar y cosas por el estilo. Antes, podía tomar unas horas de la mañana y de inmediato sentarme a escribir. Pero ese recuerdo parece un sueño. En el presente, mis mañanas desaparecen entre las obligaciones necesarias para que funcione la casa y genere un dinero extra. Como dato, antes trabajaba más y rendía mejor el dinero. Diría mi madre: «El dinero cada vez vale menos».

Otra diferencia sucedió al transcribir las primeras páginas. Era tan remoto el texto que sentí como si todo lo hubiera escrito otra persona. Soy consciente de que cambié, pero en los trabajos anteriores no me había sentido tan alienado de mi propio texto. La razón principal se dio por escribir a mano el primer borrador.

Antes lo hacía en la computadora, donde además recolectaba mis notas y todo quedaba organizado en archivos digitales. Con los cambios y, además de trabajar con una computadora de escritorio, fue imposible hacer este sistema. Me adapté y acumulé libretas y hojas sueltas.

El sistema me gustó; escribir con la mano me lleva al vacío en el que me gusta estar. Sin preámbulo, tomaba la pluma y, como una extensión de mi alma, brotaban los textos. El flujo se daba. Además, tenía que aprovechar cada momento. En cambio, cuando lo hacía en mi computadora, todo requería un tiempo ajeno a la escritura. Es una máquina vieja que ya no prende al llavazo. Mientras, preparaba una taza de café. Su mayor ventaja es la de no estar conectada al internet. Cero distracciones, pero la escritura que, en ese momento, pensaba, era fluida, no lo era en verdad. Siempre había algo que interrumpía. Con la pluma y el papel es distinto.

No hay nada intermedio, ni siquiera los cortes de energía. Todo el enfoque está en escribir. Las correcciones y otras cosas, después. Ahí mismo, en los márgenes, hice anotaciones y notas. Taché palabras y párrafos a placer.

Esto es una ventaja a la hora de transcribir; descubrí que los párrafos tachados tenían algo de información útil. Es posible que en su momento los sintiera como invasores, pero en la revisión —algunos de ellos, no todos—, tuvieron una nueva vida. Me pregunto: ¿en las novelas anteriores cuántos párrafos llegué a eliminar sin piedad en lugar de darles una oportunidad de vivir?

Creo que esa es la mayor de las ventajas al transcribir. Todo eso que sale del instinto, aunque parece ser un grano grasiento, al final, cuando el borrador está completo, es una ventaja. En especial, releí un par de páginas que estaban, en apariencia, escritas sin sentido. Recuerdo que ese día estaba bloqueado; fatigado de la historia. No tenía dirección ni sentido. Revisé las notas y la línea de tiempo que suelo hacer durante la construcción de la estructura. Nada, ni una pista, que me dijera cómo continuar.

Pero ahora, en la transcripción, esas páginas revivieron. Rescaté tres párrafos que me ayudaban a preparar las conclusiones. ¿Por qué se dio así si no sabía bien cómo terminaría la historia? Esa es una de las bellezas cuando escribes sin pensar, sin las limitaciones de una computadora. Sin fronteras; todo el espacio donde escribía era el universo. Las cajas, los pizarrones de corcho, las libretas eran un espacio mucho más grande que el monitor de 27 pulgadas.

Quizás lo más bello del asunto fue que dejé de depender tanto de las herramientas tecnológicas. Para mí, cada vez que escribía, demandaba energía para la curva de aprendizaje. Me hizo sentir de nuevo el placer de sentir el flujo de las ideas por mis extremidades.

En estos días en los que me distraigo al leer artículos y miniensayos, no comprendo cómo muchas personas pueden arrebatarse el placer que da el escribir con errores y sin sentido. Incluso leí un par de artículos hechos con la inteligencia artificial. La ironía es que hablaban de cómo aplicar rutinas para escribir. Yo creo que esas rutinas les sirven a quienes tienen la economía que los libre de las obligaciones regulares de un escritor independiente. Pero también veo que los libera del gusto de reflexionar y sentir el gusto por encontrar las palabras propias. ¿Acaso estaremos programándonos para no hacer caso a nuestro instinto? ¿Es tan molesto escribir algo personal? No importa, mi gusto siempre es por los que escriben sin sentido, pero con sensualidad. Para mí, el escritor desobediente es el que más entretiene, aunque me tenga que forzar a comprender sus textos.

Murphy le enseñó a pensar. Entre la opresión militar que devora su barrio y la lealtad hacia el único hombre que le mostró cómo resistir, un joven debe elegir qué tipo de persona será cuando el mundo se derrumbe. Una novela intensa sobre la fuerza del conocimiento frente al poder de las armas.

En el México donde el poder y la violencia mandan, «Nunca es suficiente» retrata vidas marcadas por el dolor y la resistencia frente a la manipulación por parte del gobierno, ejército y traficantes. A través de personajes inolvidables, la novela expone el precio de la supervivencia en una sociedad donde la paz siempre parece inalcanzable.

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