La constante discusión de la procedencia de la creatividad se ha avivado en fechas recientes con la llegada de las nuevas herramientas tecnológicas y el sueño de generar dinero en las redes sociales. En lo personal, creo que han aumentado las exposiciones de los prismas con los que se mira la vida. Sobre todo en los shorts de YouTube, Instagram y TikTok.

Soy sincero: no me siento cómodo en considerar profesiones generadoras de ingresos a los que se hacen llamar influencers e ingenieros de prompts. Es la causa de tener una cabeza tiesa sobre ciertos asuntos. Hace no mucho sucedió lo mismo con la licenciatura de comunicaciones. Cuando me la describían, sonaba interesante y atractiva, pero cuestiono su utilidad profesional. Para mí es una carrera inventada por las universidades para robar dinero y aprovecharse de los jóvenes que desean hacer arte, pero están condicionados por su familia en conseguir una licenciatura universitaria.

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Sin embargo, soy un lego en cualquier cuestión académica y más aún de lo universitario. Desde el primer momento en que puse un pie en una escuela, aborrecí todo el sistema. La universidad convencional la libré al cursar mis estudios en la Fuerza Aérea Mexicana. Por esto no meto las manos al fuego para defender mis opiniones sobre la educación académica y su utilidad profesional.

Lo que salta de todas estas decisiones de modo de vida es el deseo de ser creativos. Por eso optamos por asistir a un aula. De la idea de que la creatividad es un motor, una especie de imprenta que se construye dentro de un laboratorio. Quizás sea por eso el absurdo de que varias profesiones estén sujetas al mito de que un título las hace utilitarias. Lo cierto es que no importa qué tan bien aceitada y moderna quede la imprenta, sin imaginación, la creatividad solamente es un aparato más de la casa.

No creo que exista un instructivo definitivo para hacer funcionar de manera correcta a la creatividad. Si existiera, estaría publicado y sería el manual de todo aspirante a creativo. La prueba está en que existen un montón de textos llenos de consejos, herramientas y rutinas que ilustran cómo manejar las palancas de la máquina creativa. He leído solo un puñado de estos, así que también soy un lego para criticarlos.

Para mí, la creatividad se logra con el combustible de la imaginación. La herramienta principal que utilizó es una libreta de notas, que es a donde va todo lo que se me viene a la mente. Ya en el momento de hacer funcionar los engranes de la creatividad, esas notas se materializan. Claro que muchas quedan registradas en el ático de la cabeza. Las que utilizo, las descuartizo viéndolas desde distintos ángulos. Lo curioso es que estas vistas se filtran con las notas que la conciencia en su momento desechó, pero el inconsciente guardó y archivó. No sé cómo funciona este sistema como para explicarlo con piedritas; lo único que puedo decir es que así funcionan mis neuronas. Bajo las órdenes de un maquinista al que no conozco.

El motor creativo, alimentado por el combustible de la imaginación, trabaja con pluma y papel. Es todo lo que necesito en un principio. En ese momento de creación, lo que importa es el prototipo. No necesito de reglas ni de consejos. Después de esto, despierto a ese monigote que vive al frente de mi cabeza. Este se encarga de trabajar el material que yace en el papel, tomando recursos para evaluar lo que los otros departamentos aportaron para las ideas.

Todo este trabajo complejo es interno. La chispa que lo inició fue la voluntad. Durante el proceso final requiero de una herramienta externa, la computadora. A esta la aborrezco tanto como a los sistemas educativos. Esta máquina depende de una energía que está fuera de mi control. Aparenta tener voluntad propia. Como sirena homérica, estimula unas neuronas en mi cabeza que generan chispas de inseguridad y perfección. Con cantos desea que desvíe mi curso hasta estrellar mi nave contra las rocas.

La sabiduría del internet ofrece nuevas herramientas para permanecer amarrado y cegado al mástil de mi voluntad. Mentiras, son más cantos de sirenas. Para que un escritor materialice sus ideas —hasta ahora— solo existe la tinta (o el carboncillo) y el papel. La odisea es al momento de difundir las ideas. En ese instante ya no soy Ulises, sino Aquiles consumido por la ira.

Lo absurdo es que, a pesar de mi voluntad consciente que se burla del mínimo esfuerzo creativo de los shorts que muestran el mismo chiste pero con distintos actores, navego embrutecido. Una consulta de cinco segundos me transforma en un voyerista tonto por horas.

Para calmar mi ira, algunos comentarios de académicos y connaisseurs me aconsejan el uso de procesadores de textos, cursos y talleres, aplicaciones de notas y libros. Agradezco todos estos porque son herramientas que emplean o emplearon. Sin embargo, los resultados que muestran son similares a los míos.

No hay nada que active mi creatividad más que la imaginación. Esta a su vez nace de contemplar y vagar. Es posible que mi sistema sea tortuoso y enfermo a causa de mi animadversión a los sistemas educativos. Para mí, la creatividad no se activa con un apagador ni tampoco creo que sea una máquina que se construye. Creo que todos nacemos creativos y, para activar la máquina, es necesario trabajar. Sin una disciplina y voluntad que ayude a exigirnos a cumplir con metas autoimpuestas, ni el mejor de los consejos funciona.

Murphy le enseñó a pensar. Entre la opresión militar que devora su barrio y la lealtad hacia el único hombre que le mostró cómo resistir, un joven debe elegir qué tipo de persona será cuando el mundo se derrumbe. Una novela intensa sobre la fuerza del conocimiento frente al poder de las armas.

En el México donde el poder y la violencia mandan, «Nunca es suficiente» retrata vidas marcadas por el dolor y la resistencia frente a la manipulación por parte del gobierno, ejército y traficantes. A través de personajes inolvidables, la novela expone el precio de la supervivencia en una sociedad donde la paz siempre parece inalcanzable.

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