Escribir artículos cada semana mientras estoy a la vez trabajando en mi próxima novela es desgastante. La mente se drena al mediodía y tengo un par de horas para volver a llenarla de ideas, de otras ideas, y cargar mis pilas. No hay forma de escapar de todo, ni siquiera aquí, a orillas de la ciudad. Siempre surge algo, y con la edad, también aparecen las necesarias citas al médico y sus gastos correspondientes. Parece que por la madrugada un montón de asuntos se reúnen para ponerse de acuerdo y aparecer con sus urgencias, uno detrás de otro. La desconexión del mundo no es nada sencillo.
A mitad de semana, para escapar un par de horas de la rutina y tomar aire, me salí a tomar un café a la vuelta de la casa. Es un lugar pequeño: dos mesas minúsculas, con la barra de servicio sobre los clientes. No cuenta con una máquina de calidad y tampoco con un buen grano de café. Es sólo un lugar a donde caminar; un espacio que sirve de respiro. En la entrada del café me encontré con un vecino que está en constante pelea con el silencio, lo cual venía a bien para mi distracción. Conversamos sobre temas comunes: política local, vecinos y perros. Sin dirección avanzó la conversación tanto que llegamos a las inevitables paradojas.
La incómoda pausa silenciosa apareció cuando, por distracción, observé a un par de perros tirados a mitad de la calle bajo la sombra de una bugambilia de flores violetas que sobresalía del muro de una casa. Ahora ya no se puede uno quejarse de nada sin que el gobierno meta sus manos, dijo. Por pura reacción, pregunté de qué hablaba. Mis vecinos de por aquí solamente tienen noticias locales, y del país, una visión general. Se refería a unas manifestaciones que suceden esporádicamente en la zona por conflictos locales. Asentí con gravedad a todo lo que exponía.
El tema de la censura siempre me roba horas de mi día; exprime la poca energía que conservo para confrontar mis ideas en lo que vuelve a visitarme la musa. Buscaba en mi cabeza una salida de la conversación. Decidí hablar de las lluvias que, en este año en especial, han sido continuas. Esperé una pausa para ingresar el asunto de forma sutil. Pero no apareció ningún espacio posible sin que metiera a empujones y jalones el tema. En eso estaba cuando hubo un cambio abrupto. Entonces se quejó de cierto tipo de manifestaciones, las que estorban a la dinámica comercial y social de la localidad. Esas deberían de estar prohibidas, dijo.
Luego calló. Me dejó ahí en la encrucijada entre si la censura es buena o mala. Pensaba si mi vecino estaba a favor o en contra de la libre expresión. Entonces vi la oportunidad para hablar del clima, o mejor aún, terminar la conversación con una frase de empatía y una expresión lamentable. Pero esa oportunidad pasó y la conversación se salió de los rieles. Pasó de manifestantes a la gente que no sabe a qué género pertenece y luego un par de quejas de las épocas difíciles y enfermas en las que vivimos.
La lucha interna por abandonar la plática bajo mis defensas y opté, sin ninguna consciencia, por el camino largo de regreso a casa. Ahí, parado, escuché a la crítica, convertirse en queja y luego en señalamientos; encendí un cigarro. Uno de los cuatro que me fumo a la semana. Sí, era un desperdicio, pero, en ese instante, sentí que valía la pena contestar y esos temas los respondo después de dar un par de caladas al tabaco. Lo bueno es que están nuestros gobernantes para decidir lo que nos conviene, dije. Sentí su mirada en mi rostro. Yo miraba dentro del café que ahora me parecía un espacio más pequeño de lo que recordaba. Sonreí para ver si desaparecía la expresión de mi vecino y relajaba los hombros. A lo que me refiero, dije con una pausa para dar una nueva calada. Muchas personas están cómodas dejando esas decisiones en el gobierno, para eso elige la mayoría.
Ya no dijo más sobre el asunto al sentir la carga de responsabilidad en su espalda. Y, ni siquiera, tuve que desperdiciar mi conversación sobre el clima. Nos despedimos. Por los ojos que me lanzó, entendí que tenía aún mucho más que decir sobre el tema. Pero que temía que eso lo llevaría a hablar mal de sus preferencias políticas. Con las cuales, en más de una ocasión, se ha enredado entre defensas y hechos.
De regreso a la casa estaba peor que cuando salí. Reuní fuerzas para no caer en la trampa de las redes sociales. Por suerte, llevo un par de semanas con un bloqueador de internet que programé y que bajo ningún concepto se conecta hasta el fin de la sesión. Abrí un libro de poesía y, no pasé de dos poemas, cuando mi cabeza divagó un rato en la noche. No avance en escribir, pero hice varias notas sobre la novela. Así, sin culpas, hice a un lado a la Pandilla Salvaje y me tiré a dormir.

