Transcribir una novela es cansado y tedioso, una actividad que devora el día. Hay veces en que encuentro un párrafo con poca información, resultado de la impaciencia al escribir. La acción está ahí, pero le falta construcción. Para sobrellevar el tedio y la mecánica que es estar transcribiendo, hago combinaciones de pausas cortas con pausas largas durante el día. En las pausas largas camino o inicio pláticas con quien se deje.
En una reciente conversación quedé atrapado en un tornado de información. El propósito de salir en busca de plática es distraerme del trabajo para de regreso ver con otros ojos. No busco filosofar sobre la vida, pues la novela no sale de la cabeza; estoy abstraído. Así que en esas charlas la mayor parte del tiempo solo asiento con la cabeza. El proceso, en una plática de una hora, de 10 a 15 minutos, los pasó sin comprender de lo que hablamos. Después de los saludos que dicta la convivencia social, comento sobre el clima. Al pasar el primer cuarto de hora, mi cabeza se desentume y hace acto de presencia. Ahí es cuando ya todo lo que se dijo al principio toma un poco de sentido. El final es de golpe; justo cuando todo parece fluir, me despido lo más amablemente posible; sin esperar respuesta, doy la media vuelta.
Para alguien que se cruza en mi camino por primera vez, la despedida es abrupta y grosera. Los que ya me abordan por hábito saben que en cualquier momento interrumpo todo y me voy. No soy consciente de lo inmoral de la acción como para pedir disculpas en caso de que alguien se moleste. Mi meta es regresar al trabajo. En cambio, señalo sin tapujos al impertinente que insiste en retenerme más del tiempo que decido estar.
Pero no todas esas conversaciones, a las que llamo de café, las detengo en medio de la idea; en ocasiones se convierten en material para mi trabajo. Son raras las que me entretienen y consumen todo el tiempo que designo para la pausa larga. Esta semana sucedió una de esas rarezas.
Estaba en medio de un párrafo del que no logró avanzar. Es demasiado conciso, y cuando lo nutro, se vuelve redundante y aburrido. Estaba en un bucle y decidí salir a caminar. Lo hice en principio con el deseo de encontrar algo que me distrajera el resto del día. Crucé mi camino con un par de víctimas habituales, las cuales, por experiencia, conversaron asuntos simples. Hablamos del clima y de la lluvia nocturna. Eso fue todo, una charla que no llegó ni a 15 minutos. Antes de despedirnos, quedamos en silencio. Ellos a la espera de la media vuelta y yo con la esperanza de una aportación que genere al menos una discusión.
Caminé un rato más en silencio. En el pasado, cuando sucedía esto, acudía a las redes sociales. Pero desde que se convirtieron en cazadores de gallinas sin cabeza, que es en lo que me transformo cuando estoy aburrido, las evito a toda costa.
Gran parte de la utilidad del Internet que era en un principio es ahora un pastel de mierda. Esto va en sentido contrario a mi trabajo. Por ejemplo, todas las plataformas sociales tienen sus ventajas y desventajas. Igual los servicios de streaming, lo mismo YouTube o TikTok. Para resumirlo en una idea, todo depende de la utilidad que le demos a lo que vemos en la web.
No hablo de ese otro maldito deseo de las empresas por enfocarnos en ser productivos. O de los teócratas de la ciencia. Menos defiendo la perspectiva de los pseudo-intelectuales que defienden sus masturbaciones al ver el lado bueno de la sobreinformación. Para mí, el Internet sirve como una herramienta que simplifica mi trabajo y entretenimiento cuando lo necesito.
Cuando no estoy escribiendo una novela o en alguno de sus procesos, soy un navegante incansable de Internet. En lo personal, no me siento culpable de hacerlo a pesar de la nueva tendencia de quejarse de los daños de las redes sociales en las mismas redes sociales. Es la manera moderna y popular de buscar seguidores.
Apelar a la culpabilidad de los usuarios no es una práctica nueva. Siempre ha sido la mejor de las propagandas, hacernos sentir culpables de lo que vestimos, comemos, de nuestro comportamiento. Es la excesiva forma con que se hace lo que desgasta hasta aburrirme. Ya todo es cuestionable. Todo son prejuicios y afirmaciones categóricas.
Lo que más me cansa de la práctica actual es la propagación de noticias generales, las que además se mezclan con las opiniones y soluciones de individuos que no se despegan de un sillón. Todo es drama y los gobiernos actuales con sus tonteras simplistas empeoran el teatro. Entiendo que sea preocupante la figura de Trump y que sus acciones sean cuestionables. Pero nada se puede hacer. A menos que seas norteamericano y en las próximas elecciones se decida por un candidato más político. Lo mismo en México. Todo lo que sucede está narrado por personas que piden por milagros negativos. Cosa sencilla y predecible.
Esta dinámica me agota. Porque ahí, en donde busco relajarme, me llenan de sugerencias de lo mal que me hace el Internet y navegar por la web; el mundo es una desgracia gobernada por desgraciados; el universo está por morir en un hoyo negro; la inseguridad; y otras masturbaciones de personas que tienen soluciones fantásticas. Ninguna real o medianamente posible.
En cambio, yo estoy aquí, peleando con párrafos, intentando balancear mis tiempos para escribir entre limpiar, pagar cuentas y pasear a la Pandilla Salvaje. Rescatando minutos aquí y allá para leer tranquilo y escribir. Ese es mi tormento del cual intento escabullirme. Pero la modernidad fatalista insiste en recordarme los grandes eventos sociales. Generaliza para hacerme sentir mal porque me preocupo por regar mis rosas. ¿Para qué regar si Trump va a iniciar la tercera guerra mundial?
Pienso en ese dato de que el Sol se apagará en al menos cinco mil millones de años. Lo cual seguro será paulatino; las opiniones se centran en los últimos ocho minutos que habrá antes de que el planeta sufra las consecuencias. Caigamos en el cinismo, entonces.
Es posible que mi gusto por la lectura rusa sufra de una filosofía escatológica, pero, si acaso, me preocupo por que el sol deje de brillar. Pienso más bien en el corto plazo, mis posibles veinte o treinta años de vida. ¿Cuánta más comida de perro y veterinarios voy a tener que pagar? ¿Podré vender copias de mi siguiente novela? ¿Qué va a suceder cuando las ideas me abandonen? Esas preguntas me angustian más que las pláticas de un puñado de seniles en Davos. Al fin y al cabo, si el planeta acaba hoy o en cinco mil millones de años, voy a seguir en el olvido para el 99.9999… % de la humanidad —actual y futura—.
Murphy le enseñó a pensar. Entre la opresión militar que devora su barrio y la lealtad hacia el único hombre que le mostró cómo resistir, un joven debe elegir qué tipo de persona será cuando el mundo se derrumbe. Una novela intensa sobre la fuerza del conocimiento frente al poder de las armas.
En el México donde el poder y la violencia mandan, «Nunca es suficiente» retrata vidas marcadas por el dolor y la resistencia frente a la manipulación por parte del gobierno, ejército y traficantes. A través de personajes inolvidables, la novela expone el precio de la supervivencia en una sociedad donde la paz siempre parece inalcanzable.

