En un taller de guion cinematográfico le pregunté al ponente: ¿cómo se combate a los bloqueos? Su respuesta fue directa: Los bloqueos y el agotamiento creativo son excusas de los principiantes que creen tener la necesidad de escribir, pero eso es de dientes para afuera. No quedé satisfecho con la respuesta. Me pareció autoritaria; evito en lo posible confrontar el autoritarismo de las generalizaciones. En ese instante no sufría de algún bloqueo. Recordando, en realidad, no supe preguntar. Lo que deseaba saber: ¿por qué existen momentos en que escribía desde temprano sin parar y otras veces simplemente no tenía ganas? Sin motivación alguna, caía en cualquier distracción que consumiera el tiempo del día para reiniciar el siguiente con brío.

Por ese entonces mi tiempo se iba en copywriting y corrección de guiones cinematográficos. Ninguno de los dos ejercicios demandaba mucho de mi creatividad. Tenía en la cabeza una historia de la cual existían notas y desarrollos de escenas aisladas. Justo por eso me inscribí en el taller, para ayudarme a encontrar un sistema de cómo escribir la novela que tenía en mente.

No solo asistí a un par de talleres, sino que también leí una docena de libros al respecto; ninguno satisfizo mi búsqueda. Lo que terminé por hacer fue un collage de los consejos para encontrar un sistema propio. A la fecha —cuando escribo novela— no cuento con ningún sistema en específico. Cada aventura encuentra su propia manera para desarrollarse. Esto se debe a lo ajetreado de mi día. Sí, lo principal y prioritario del día es la escritura. Pero el día está lleno de cosas que me apartan del escritorio. La única forma que tengo contra esto es aprender a mantener las ideas en la cabeza y desarrollarlas mientras hago otras actividades.

Se podría decir que el principio del sistema que adopté fue la simplicidad. El primer borrador lo escribo a mano. La primera vez lo hice con libretas de espiral. Pero me llené de libretas. La siguiente novela la escribí en hojas sueltas y terminadas; las archivaba en un cajón. La idea es escribir sin distracciones, sobre todo las tecnológicas que demandan una curva de aprendizaje. Estas terminan por robarme el tiempo y la energía para escribir. Otra ventaja es a la hora de transcribir. Durante esta etapa hago correcciones y preparo el segundo borrador.

Para la novela Tu tanta falta de querer, apliqué un estilo que hizo popular Stephen King, conocido como “pantsing” o volar por intuición. La razón, además de probar el estilo, fue por tiempo. En esos momentos solo disponía de dos a tres horas al día de tranquilidad y las deseaba aprovechar al máximo.

En un inicio tenía la idea de escribir otra historia, una que aún vive en una de mis libretas. El problema era que, aunque el desarrollo de los personajes estaba hecho y la sinopsis escrita, no lograba entrar en ritmo. Estaba muy disperso. Quería contar algo que no llegaba de forma natural. Pasaban los días y posponía el inicio de la escritura. Era fácil encontrar cualquier pretexto para no escribir. Para mí esto es una señal de que la novela no estaba lista para existir aún. Por otro lado, deseaba escribir algo propio y creativo para purgarme de los artículos y guiones en los que trabajaba. Pero necio, insistía en esa historia. Pasé el tiempo sin que me diera cuenta de que «lo que no ha de ser, aunque te pongas».

Insistir era contraproducente. Cada vez que encontraba tiempo para escribir, me distraía en otra cosa. Primero fueron libros, luego largas horas de navegar por videos de YouTube y las redes sociales. El desperdicio de horas me hizo sentir culpable; esto se exacerbaba en las horas de silencio y soledad. Entonces, bajo cualquier pretexto, salía de la casa. Visitaba amistades e iba a bares. Todo para evitar juzgarme, para empezar, porque ni siquiera era consciente realmente de que no estaba escribiendo.

Fue en un regreso a casa, al caminar por las calles de los barrios de Coyoacán, cuando llegó la idea de Tu tanta falta de querer. Pensaba en la diferencia entre las dos caras de Coyoacán que separaba la avenida Miguel Ángel de Quevedo. Por un lado, estaban estas calles con espíritu bohemio y lleno de artistas y soñadores; la fantasía romántica de la zona. Por el otro, una zona estratificada donde vivían todo tipo de clases sociales. Pero todas en sus células y burbujas. La clase media en cotos amurallados con guardias de seguridad en las entradas. Estos, rodeados por los barrios levantados cuando el lugar era un desierto sobre piedra volcánica. Bastaba cruzar entre 20 y 30 metros de la avenida Miguel Ángel de Quevedo para dejar atrás la vida bohemia y entrar en calles angostas, desoladas y oscuras.

Esa misma noche escribí notas por un par de horas. En los días siguientes me dediqué a la sinopsis y la estructura. Todo ese navegar disperso desapareció sin darme cuenta. No paré hasta tener el primer borrador.

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