Durante una visita a la casa de unos familiares, hicimos el clásico recorrido por los objetos y cuartos que representan la egoteca de los habitantes de un hogar. En lo personal, no me molesta merodear por casas ajenas con la guía y autorización de sus dueños. Cuando alguien visita la nuestra, insiste en el paseo. Lo piden como si fueran a encontrar algún secreto de nuestras vidas; supongo que es el objetivo de entrar hasta la cocina. En nuestro caso, el recorrido no tiene misterios ni nada atractivo para las personas. Es el espacio de dos artistas: una pintora y un escritor. Por un lado, cuartos con lienzos y pinturas. Una biblioteca, el lugar más interesante, pero que a nadie le llama la atención. Por otro lado, en el exterior, un rectángulo cubierto por láminas, desorganizado y sin ningún atractivo, más que una mesa llena de papeles desordenados, camas y bebederos de perros. Mucho jardín con una pandilla de perros como el marco de la casa. En todos los espacios hay plantas: a mi pareja le gustan las orquídeas, a mí las violetas.

Me gusta mirar los jardines y las plantas de las casas. Es la conexión de una persona con la naturaleza. Ahí me quedé en el recorrido contemplando y preguntándome qué tipo de personas tienen un jardín impecable. A diferencia del mío, que a pesar de los esfuerzos, los perros insisten en maltratar. Me olvidé del tiempo, como suelo hacer cuando contemplo. Hacía un resumen general de los sucesos de mi último año. Pensaba en los aciertos y desaciertos que tuvimos con las atenciones del jardín. Del pasto, sobre todo, necesitamos de uno más resistente. Por fin, cuando me extrañaron en el recorrido, me llamaron para integrarme de nuevo al grupo.

Todos los procesos llevan su tiempo. Escribir una novela lleva su tiempo. Aunque las personas insistan en saber: ¿cuánto tiempo se necesita? Es complicado hacer los cálculos. El oficio requiere de varios pequeños procesos que se vuelven en hábitos. Por eso, al escribir, lo que más se anhela es la libertad, sobre todo de los compromisos que interrumpen o alteran esos pequeños procesos. Cada quien se esclaviza con los rituales necesarios que lo lleven a ese espacio mental en el que uno deja de pretender lo que es para quedar en la nada sin identidad. Es la mejor de las libertades que se pueden conseguir en la vida. Es como entrar en un sueño.

Durante mucho tiempo tuve que acomodar mis tiempos a las demandas de entregas y de gustos. Fue esclavizar al oficio; su protesta lo convirtió en hartazgo. Librarse no fue sencillo. Tenía que cambiar malos hábitos y desprenderme de objetos que llegué a creer necesarios. Pero en realidad, su única función, era ayudarme a enfrentar los miedos inherentes del trabajo. Ahora que miro el camino, lo difícil era cambiar las perspectivas y objetivos; hecho esto, todo se da de forma automática. Es un desprendimiento que comparo con la pérdida del exceso de peso.

Las entregas de artículos, arreglos de guiones, ediciones y otros trabajos periódicos dan una certeza económica. El problema es que con el tiempo me hundí; posponía con facilidad la escritura de mi novela. Los pretextos son un mal hábito. Aunque me convencía con el mantra, cada vez que recordaba escribir: “Sólo los cobardes mienten”, (pienso que los pretextos son mentiras) me distraía con facilidad y siempre encontraba otra cosa que hacer. Recuerdo que el principal pretexto que me decía era que me gustaba escribir para mí. Con esta sentencia divagaba y encontraba distracciones en la predisposición de ver que mi novela no gustaría a nadie porque no cumpliría los estándares de las novelas o la correcta prosa del género. Caía en ese abismo de sentir lástima por mí y de odiar al mundo por rechazar algo que aún no existía.

Pero todo esto resultaba del hecho de que mi trabajo en ese momento, si quería que se me pagara, debía de entregarse a tiempo, agradar a un público y corregir según un editor que sabía cómo pensaba el lector. Vivía en un conflicto entre lo que creía y lo que la comercialización era. Esta inocencia la defiendo aún con las garras, pero cuando tienes que alimentar el estómago de una pandilla de perros, la defensa de principios y utopías es una lucha a muerte.

Escribir lleva tiempo. Escribir lo que uno quiere y con libertad, sin la motivación de adquirir ningún tipo de ganancia, lleva tiempo. No sólo por el hecho de pensar y desahogar ideas unidas por todo tipo de palabras y alegorías, sino por el hecho de que al escribir uno no desea terminar. En el momento en que encuentras el flujo de las ideas, en la nada, quieres que el viaje continúe. Cómo navegar en un mar abierto sin el deseo de encontrar tierra firme.

Eventualmente, llegas a un puerto. O, a una editorial que decide exponer tu trabajo. Pero hay condiciones y correcciones que hacer. Existen diferentes estructuras y reglas de juntas de personal. Cada una es distinta a la anterior y no existe un formato —por más que las nuevas generaciones insistan en crear uno—. Para mí, estas reuniones son para hablar de cualquier cosa, excepto de la razón que las motivó. Se muestran los egos y los barítonos. Se exponen razonamientos y lógicas que explican los niveles de vanidad, narcisismo y falta de atención de los ponentes. Sin idea de lo que trata cada una de estas reuniones, en el trayecto de regreso a casa, llega un correo con los puntos que se trataron y los acuerdos a los que se llegó. La única forma en que pueda leer uno de estos correos es en la soledad, con una copa de ron en la mano. Son correos llenos de ficción.

En resumen, solicitan cambios. La primera vez —sólo he vivido este proceso dos veces—, hice los cambios; negocié otros. Cada corrección me llevaba a una discusión hipócrita con personas que no sabían decir nada de frente por temor a ofenderme. Estaba cansado de este proceso, así que me tomé un tiempo para descansar y tomar aire: 5 días. Revisé todos los cambios y revisiones que se me pidieron, leí mi texto y, sí, tenían razón todas esas juntas y gentes de la editorial; ahora la novela tenía potencial para venderse. Fue un despertar que me hizo sentir mal por todas aquellas ofensas que proferí a estas personas en silencio y otras con sarcasmo. Debí de ser más directo, y lo fui, cuando dejé de un lado la idea de publicar con la editorial.

Mi novela que escrita con esfuerzo era otra. El nuevo tratamiento working progress, como lo llamaban en los correos, era una cucaracha. Tal vez eso era lo que más me molestaba de todo: el lenguaje que se dice en este tipo de eventos. Uno que sirve para presumir que se entiende perfecto a la industria: payasos, esclavos, artistas y consumidores. Palabras como trending, Mark up, micro y macro, Target, genere, etc. Llegué hasta la cocina de esta experiencia. A lo mejor todo se debe a que todo es rápido, es la culpa de Dominos pizza con su eslogan de 30 minutos o gratis, lo que modificó el gen de la cabeza del ocio y la paciencia.

Para un escritor, parte de su oficio, es contemplar. Quien no escribe piensa que el tiempo que se pasa viendo una planta, o a un ave, o a un insecto, o a una pintura, o a una pared, mientras se escucha música, es improductivo y trabajo de flojos. En mi caso, en ese tiempo estoy con la idea en la cabeza, le doy forma, la confronto, la destrozo y la reconstruyo. Para mí, es un tiempo productivo.

Comprendo la forma en como deben de trabajar las editoriales. Por eso lo intenté con una segunda novela. Mismo resultado. Cuando no eres gran cosa entre el público, cuando no sabes alabar a los críticos, cuando no eres una persona agradable bajo los estándares de una sociedad pseudointelectual, necesitas crear un producto digno de un genio. Ni lo uno ni lo otro. Solamente disfruto de escribir. Por suerte, puedo darme el lujo al vender algo aquí y allá. Es un sacrificio necesario para no verme obligado a domesticar mi escritura. Es una paradoja, me prometí nunca comercializar mi arte. Y, sin embargo, tengo que hacerlo. Me miento para no sentir el peso de la culpa y me hunda de nuevo en el abismo de los pretextos: sólo es un artículo que firma como suyo quien lo compra. Él es el que comercializa. Suena a una débil excusa, lo es, pero me sirve.

El no estar con editorial no evita que se haga el trabajo. No, al menos si deseas que tu novela se presente tan salvaje como lo pretendes. Hay que editar, corregir ortografía (labor que nunca está completa), prosa y estructura. Aunque muchos optan por editores independientes, y es una buena decisión, yo no lo acostumbro. Me gusta sufrir el proceso y hacer todo el trabajo aun con el conocimiento del error humano. Los errores nunca se van a evitar, el arte siempre encuentra un crítico que señala todo, me gusta que mi trabajo los tenga. Es lo más humano que hay. La mejor herramienta para escribir y publicar el trabajo de uno mismo es la paciencia.

Cuando vamos detrás de aduladores, dinero y aplausos, la presión por hacer entregas asfixia a la diversión de hacer el trabajo. No digo que esto sea malo o bueno. Ni tampoco apelaré a la sencillez de decir que esto es como lo hago yo. Cada quien tiene su proceso y es esclavo de sus hábitos y se dice las mentiras necesarias para sobrevivir al sufrimiento de hacer algo tan antinatural para la especie como lo es escribir. Para mí, esta práctica la hago hasta que se convierte en algo tan natural que me haga sentir que estoy en un sueño. # Entre olas y pasos

Durante una visita a la casa de unos familiares, hicimos el clásico recorrido por los objetos y cuartos que representan la egoteca de los habitantes de un hogar. En lo personal, no me molesta merodear por casas ajenas con la guía y autorización de sus dueños. Cuando alguien visita la nuestra, insiste en el paseo. Lo piden como si fueran a encontrar algún secreto de nuestras vidas; supongo que es el objetivo de entrar hasta la cocina. En nuestro caso, el recorrido no tiene misterios ni nada atractivo para las personas. Es el espacio de dos artistas: una pintora y un escritor. Por un lado, cuartos con lienzos y pinturas. Una biblioteca, el lugar más interesante, pero que a nadie le llama la atención. Por otro lado, en el exterior, un rectángulo cubierto por láminas, desorganizado y sin ningún atractivo, más que una mesa llena de papeles desordenados, camas y bebederos de perros. Mucho jardín con una pandilla de perros como el marco de la casa. En todos los espacios hay plantas: a mi pareja le gustan las orquídeas, a mí las violetas.

Me gusta mirar los jardines y las plantas de las casas. Es la conexión de una persona con la naturaleza. Ahí me quedé en el recorrido contemplando y preguntándome qué tipo de personas tienen un jardín impecable. A diferencia del mío, que a pesar de los esfuerzos, los perros insisten en maltratar. Me olvidé del tiempo, como suelo hacer cuando contemplo. Hacía un resumen general de los sucesos de mi último año. Pensaba en los aciertos y desaciertos que tuvimos con las atenciones del jardín. Del pasto, sobre todo, necesitamos de uno más resistente. Por fin, cuando me extrañaron en el recorrido, me llamaron para integrarme de nuevo al grupo.

Todos los procesos llevan su tiempo. Escribir una novela lleva su tiempo. Aunque las personas insistan en saber: ¿cuánto tiempo se necesita? Es complicado hacer los cálculos. El oficio requiere de varios pequeños procesos que se vuelven en hábitos. Por eso, al escribir, lo que más se anhela es la libertad, sobre todo de los compromisos que interrumpen o alteran esos pequeños procesos. Cada quien se esclaviza con los rituales necesarios que lo lleven a ese espacio mental en el que uno deja de pretender lo que es para quedar en la nada sin identidad. Es la mejor de las libertades que se pueden conseguir en la vida. Es como entrar en un sueño.

Durante mucho tiempo tuve que acomodar mis tiempos a las demandas de entregas y de gustos. Fue esclavizar al oficio; su protesta lo convirtió en hartazgo. Librarse no fue sencillo. Tenía que cambiar malos hábitos y desprenderme de objetos que llegué a creer necesarios. Pero en realidad, su única función, era ayudarme a enfrentar los miedos inherentes del trabajo. Ahora que miro el camino, lo difícil era cambiar las perspectivas y objetivos; hecho esto, todo se da de forma automática. Es un desprendimiento que comparo con la pérdida del exceso de peso.

Las entregas de artículos, arreglos de guiones, ediciones y otros trabajos periódicos dan una certeza económica. El problema es que con el tiempo me hundí; posponía con facilidad la escritura de mi novela. Los pretextos son un mal hábito. Aunque me convencía con el mantra, cada vez que recordaba escribir: “Sólo los cobardes mienten”, (pienso que los pretextos son mentiras) me distraía con facilidad y siempre encontraba otra cosa que hacer. Recuerdo que el principal pretexto que me decía era que me gustaba escribir para mí. Con esta sentencia divagaba y encontraba distracciones en la predisposición de ver que mi novela no gustaría a nadie porque no cumpliría los estándares de las novelas o la correcta prosa del género. Caía en ese abismo de sentir lástima por mí y de odiar al mundo por rechazar algo que aún no existía.

Pero todo esto resultaba del hecho de que mi trabajo en ese momento, si quería que se me pagara, debía de entregarse a tiempo, agradar a un público y corregir según un editor que sabía cómo pensaba el lector. Vivía en un conflicto entre lo que creía y lo que la comercialización era. Esta inocencia la defiendo aún con las garras, pero cuando tienes que alimentar el estómago de una pandilla de perros, la defensa de principios y utopías es una lucha a muerte.

Escribir lleva tiempo. Escribir lo que uno quiere y con libertad, sin la motivación de adquirir ningún tipo de ganancia, lleva tiempo. No sólo por el hecho de pensar y desahogar ideas unidas por todo tipo de palabras y alegorías, sino por el hecho de que al escribir uno no desea terminar. En el momento en que encuentras el flujo de las ideas, en la nada, quieres que el viaje continúe. Cómo navegar en un mar abierto sin el deseo de encontrar tierra firme.

Eventualmente, llegas a un puerto. O, a una editorial que decide exponer tu trabajo. Pero hay condiciones y correcciones que hacer. Existen diferentes estructuras y reglas de juntas de personal. Cada una es distinta a la anterior y no existe un formato —por más que las nuevas generaciones insistan en crear uno—. Para mí, estas reuniones son para hablar de cualquier cosa, excepto de la razón que las motivó. Se muestran los egos y los barítonos. Se exponen razonamientos y lógicas que explican los niveles de vanidad, narcisismo y falta de atención de los ponentes. Sin idea de lo que trata cada una de estas reuniones, en el trayecto de regreso a casa, llega un correo con los puntos que se trataron y los acuerdos a los que se llegó. La única forma en que pueda leer uno de estos correos es en la soledad, con una copa de ron en la mano. Son correos llenos de ficción.

En resumen, solicitan cambios. La primera vez —sólo he vivido este proceso dos veces—, hice los cambios; negocié otros. Cada corrección me llevaba a una discusión hipócrita con personas que no sabían decir nada de frente por temor a ofenderme. Estaba cansado de este proceso, así que me tomé un tiempo para descansar y tomar aire: 5 días. Revisé todos los cambios y revisiones que se me pidieron, leí mi texto y, sí, tenían razón todas esas juntas y gentes de la editorial; ahora la novela tenía potencial para venderse. Fue un despertar que me hizo sentir mal por todas aquellas ofensas que proferí a estas personas en silencio y otras con sarcasmo. Debí de ser más directo, y lo fui, cuando dejé de un lado la idea de publicar con la editorial.

Mi novela que escrita con esfuerzo era otra. El nuevo tratamiento working progress, como lo llamaban en los correos, era una cucaracha. Tal vez eso era lo que más me molestaba de todo: el lenguaje que se dice en este tipo de eventos. Uno que sirve para presumir que se entiende perfecto a la industria: payasos, esclavos, artistas y consumidores. Palabras como trending, Mark up, micro y macro, Target, genere, etc. Llegué hasta la cocina de esta experiencia. A lo mejor todo se debe a que todo es rápido, es la culpa de Dominos pizza con su eslogan de 30 minutos o gratis, lo que modificó el gen de la cabeza del ocio y la paciencia.

Para un escritor, parte de su oficio, es contemplar. Quien no escribe piensa que el tiempo que se pasa viendo una planta, o a un ave, o a un insecto, o a una pintura, o a una pared, mientras se escucha música, es improductivo y trabajo de flojos. En mi caso, en ese tiempo estoy con la idea en la cabeza, le doy forma, la confronto, la destrozo y la reconstruyo. Para mí, es un tiempo productivo.

Comprendo la forma en como deben de trabajar las editoriales. Por eso lo intenté con una segunda novela. Mismo resultado. Cuando no eres gran cosa entre el público, cuando no sabes alabar a los críticos, cuando no eres una persona agradable bajo los estándares de una sociedad pseudointelectual, necesitas crear un producto digno de un genio. Ni lo uno ni lo otro. Solamente disfruto de escribir. Por suerte, puedo darme el lujo al vender algo aquí y allá. Es un sacrificio necesario para no verme obligado a domesticar mi escritura. Es una paradoja, me prometí nunca comercializar mi arte. Y, sin embargo, tengo que hacerlo. Me miento para no sentir el peso de la culpa y me hunda de nuevo en el abismo de los pretextos: sólo es un artículo que firma como suyo quien lo compra. Él es el que comercializa. Suena a una débil excusa, lo es, pero me sirve.

El no estar con editorial no evita que se haga el trabajo. No, al menos si deseas que tu novela se presente tan salvaje como lo pretendes. Hay que editar, corregir ortografía (labor que nunca está completa), prosa y estructura. Aunque muchos optan por editores independientes, y es una buena decisión, yo no lo acostumbro. Me gusta sufrir el proceso y hacer todo el trabajo aun con el conocimiento del error humano. Los errores nunca se van a evitar, el arte siempre encuentra un crítico que señala todo, me gusta que mi trabajo los tenga. Es lo más humano que hay. La mejor herramienta para escribir y publicar el trabajo de uno mismo es la paciencia.

Cuando vamos detrás de aduladores, dinero y aplausos, la presión por hacer entregas asfixia a la diversión de hacer el trabajo. No digo que esto sea malo o bueno. Ni tampoco apelaré a la sencillez de decir que esto es como lo hago yo. Cada quien tiene su proceso y es esclavo de sus hábitos y se dice las mentiras necesarias para sobrevivir al sufrimiento de hacer algo tan antinatural para la especie como lo es escribir. Para mí, esta práctica la hago hasta que se convierte en algo tan natural que me haga sentir que estoy en un sueño.

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