Cada que publico una novela, es el final de mi etapa de creador y el inicio de publicista. La aventura de preparar la publicación de Tu tanta falta de querer terminó. Ya está disponible al público. Ahora organizo mis días para hacer la promoción de la novela e iniciar la transcripción de la que el primer borrador ya vive en el papel. No es algo nuevo; la clave está en saber organizar mis tiempos sin dejar de funcionar para completar las actividades cotidianas.
Cada que publico, ya sea un artículo para el blog o una novela, llega a mis oídos la voz de la incertidumbre. Siempre pienso que el trabajo está incompleto. Es una resistencia contra la que lucho. Una pelea que viene de dentro, del ego. Como cualquier escritor —al menos como debería ser cualquier escritor—, soy un lector. Los autores que leo hacen que mi inseguridad crezca, pero eso no me detiene, al contrario, es un reto y a la vez un ejemplo del alcance que tienen las palabras dichas con el alma.
Leer es una de las tres cosas en las que me gusta consumir las horas del día. Las otras dos: contemplar y escribir. Pero mi mundo no está hecho para ninguna de las tres. Ninguna paga la renta ni lava la ropa ni barre ni se encarga de las necesidades de la Pandilla Salvaje.
Las dinámicas de la vida en la ciudad y las necesidades para mantener mi ocio consumen el tiempo, al igual que la Pandilla Salvaje lo hace con su plato de comida. Por la experiencia de la publicación de mi primera novela, no termina el ciclo al publicarse; hay que promocionar constantemente y, a la vez, no tan constante como para no hartar al posible lector.
Mucho ha cambiado desde que comencé a escribir Tu tanta falta de querer. En esos momentos se hablaba poco de la inteligencia artificial. El público en general desconocía aún el ChatGPT. Los artículos de los blogs trataban temas simplistas como, por ejemplo, la productividad y estrategias para invertir. Daban consejos y rutinas para cumplir con el enfoque de David Allen: GTD (getting things done). Todo cambió rápido; ahora todo gira alrededor de la IA y sus maneras de usarla para sacar el mejor de los provechos a los minutos del día.
Uno de los primeros textos que aparecieron en la bandeja de entrada al respecto de los nuevos alcances de la IA fue de Joanna Maciejewska: «I want AI to do my laundry and dishes so that I can do art and writing, not for AI to do my art and writing so that I can do my laundry and dishes». En el momento en que lo leí, reí por lo absurdo. ¿Qué persona buscaría, por voluntad propia, más esclavitud de la que ya nos proporciona el neofeudalismo? Hoy me río de la inocencia en ese instante. Pero tampoco imaginaba que Israel se transformaría en aquello que tanto daño le hizo a su pueblo a mediados del siglo XX.
Mi nueva novela, al mezclar sucesos de su presente con los sucesos de un futuro utópico, hubiera tenido un distinto desarrollo. Pensé en reescribir por esa voz de la incertidumbre que nunca calla. Me abstuve. Hacerlo le hubiera arrebatado lo salvaje a la historia que concebí. Cada novela tiene su época y tiempo. Ya de por sí hice un esfuerzo para no mencionar o hablar de la pandemia que sufrimos. Mi historia intenta enaltecer las virtudes de la amistad y el descubrimiento personal. No de exponer ese deseo popular de no asumir las responsabilidades de nuestras decisiones. Se trata de aceptar las consecuencias de nuestras acciones en un universo enemigo y aún incierto para nosotros.
De lo más absurdo que encuentro hoy en día son aplicaciones que nos ayudan a escribir textos completos. No sé muy bien su aplicación, pero sí sé que todo comienza con una de esas palabras ya populares: prompt. La primera vez que escuché: ingeniero de prompts, pensé que hablaban de una broma. Fue igual cuando escuché de forma seria una discusión sobre ser un influencer como profesión. Una vez más me pregunté, ¿quién querría que un algoritmo escribiera por uno mismo? Además, ¿quién querría leer algo carente de alma?
Escribir es un acto personal y de reflexión. Son objetivos que un autor desea transmitir en sus textos. No hablo de novelas, hablo de cualquier tipo de escritura. Un autor sincero escribe con el alma; es la forma de atrapar las palabras con el corazón; es erróneo pensar que se capturan con la cabeza. ¿Por qué el homo lector se arrebataría de ese placer? Es cierto, cada vez es más complicado diferenciar entre un texto hecho por un humano y otro hecho por un algoritmo de patrones que calcula probabilidades. Pero falsedad, mentira y engaño son rasgos del espíritu humano que reniega de su ignorancia.
¿Estoy en contra de la IA? Para nada. En lo particular, me gustaría que fuera capaz de hacer mis actividades cotidianas como lavar la ropa, los trastes, limpiar la casa y, como sueño, que pague cuentas. Así podría invertir mejor mi tiempo en mis tres placeres y atender a la Pandilla Salvaje. No siempre, aclaro. En muchas ocasiones, mientras estoy en esas actividades, llegan las ideas y descansa mi cabeza de los regaños y enojos del día.

