Los primeros 2,677 días de mi vida transcurrieron en un rancho. Crecí sin conocer límites o fronteras. Todo el día lo pasaba en el campo. Esto dio origen a que las personas se refirieran a mí como el salvaje. Al nacer mi hermana, nos mudamos a la ciudad. Fue un reto para mi madre cuando, por necesidad, se me impusieron las fronteras de un pequeño departamento. Eran otras épocas que me permitieron omitir el significado de los nuevos límites y cambié la pradera por el asfalto y los adoquines.
Mi madre tuvo que ser creativa para enfrentar al salvaje de su hijo y a la vez criar a una recién nacida. La solución para el salvaje fue darle actividades por la tarde. Así fue como nació mi amor por el béisbol. A esa edad poco entendía del juego. Para el mánager era un salvaje que insistía en correr por los jardines como un perro sin correa en lugar de quedar quieto a la espera de que una pelota volara en mi dirección. Hizo gala de paciencia y, con la ayuda de un compañero y el mejor amigo de mi infancia, aprendí.
Años después, otra mudanza a la capital del país me alejó por completo del diamante y aún más del rancho. Las calles fueron el nuevo escenario deportivo. Pero mis nuevos compañeros de juego preferían el fútbol. La televisión y la radio fueron los instrumentos que me ayudaron a vivir las emociones del béisbol en esos días. La dupla de Sonny Alarcón y el Mago Septién, verdaderos aficionados, narraban con profundidad el juego entre la poesía de las estadísticas y la estrategia. Las narraciones no estaban bañadas de drama; respetaban a su público que entendía del arte de lanzar y cachar la pelota. Es un juego simple para quien no lo conoce; para el entendido, es un tablero de ajedrez.
Por suerte, los narradores de radio aún conservan esa tradición. Fue la televisión que, a la caza de la muchedumbre, cambió los libretos. En sí, todos los deportes han corrompido su espíritu. Solo el béisbol —que no es inmune— aún defiende muchos de sus principios. Las televisoras todo lo destruyen con tal de vendernos un mejor papel de baño.
De las ocurrencias de las televisoras por atraer espectadores, los programas de análisis son la más absurda. Como participante del juego, comprendo la importancia de analizar. Pero como espectador es una estupidez. ¿Cómo entender el contexto en el cual se decidió por una jugada? Hay muchas variables en ese momento. La futurología del pasado hecha por connaisseurs no sirve de nada para el deporte. Funciona como una red para capturar a los legos que no desean ser excluidos de la conversación. En lugar de reconocer lo que les apasiona y aprender, optan por repetir las opiniones de los expertos para, con dos o tres pinceladas, corregir al mundo.
En el arte sucede lo mismo. De hecho, la práctica tiene más tiempo que los análisis deportivos. Los críticos, connaisseurs y los académicos con el mismo objetivo en la cabeza —capturar legos— se dedican a analizar las obras. Explican lo inexplicable a personas que por naturaleza son emocionales y viven en un mundo caótico. Ofrecen la fantasía de existir en un mundo racional para aligerar el peso de la incertidumbre. Con sus análisis validados por una perspectiva basada en la experiencia y el conocimiento, dan lógica y razón para meter a la fuerza una idea sin lógica ni razón de existir.
Como simples espectadores, dentro de un mundo que intenta esclavizarnos, dudar de nuestra autenticidad es natural. Se nos instruye bajo el pretexto de humanidad y convivencia para obligarnos a censurar y cancelar las expresiones que incomodan a lo popular. Todas estas normas no tienen más objetivo que domarnos para funcionar entre las modas de la sociedad.
Ese mismo lenguaje es lo que le dio el significado a la palabra caos para definirlo como algo irracional. La cual, en lugar de alimentar a la curiosidad, nos embrutece. Porque desde que el ser humano pintaba en cuevas y golpeaba a las piedras con huesos, reconocía la melodía y la imagen con los sentidos. No con la lógica y la razón. Eso es cosa moderna.
Al escribir, me gusta el caos bajo estos términos. No llego a este estado de forma natural, pues lo racional y lógico se esconden detrás de la puerta a la espera de asaltarme en un descuido. Aunque es natural ser irracional, no es tan fácil regresar a lo salvaje. Me lleva una cantidad X de palabras encontrar el flujo que deseo al escribir. No siempre son la misma cantidad y ni logro desprenderme de la correa en un tiempo definido. Hay días en los que nunca llego al estado salvaje que me gusta. ¿Son días perdidos? No, sirven igual para generar ideas, aunque estas parezcan estar quietas hasta que una bola vuele sobre ellas.
Esta aventura —a la que llamo proceso— es lo que disfruto al escribir. Es un recorrido lleno de incertidumbre que hago acompañado del infante que creció salvaje en un rancho. Uno que nunca quiso madurar; aún se niega a hacerlo. Para mí la futurología del pasado es un obstáculo que reconozco. No intento darle la vuelta; lo deseo conocer y comprender, pero desde mis emociones, no a través de la razón. Eso sería querer domar mis ideas para que las acepten personas con las que no convivo. Ni ganas de conocer tengo a los que no pueden aceptar el mundo tal como es y vivir en el presente. De eso me distraen los análisis, del placer del momento que desaparece instantáneamente para dar espacio a otro momento. Como dice la canción: «Ya lo pasado, pasado no me interesa».
Murphy le enseñó a pensar. Entre la opresión militar que devora su barrio y la lealtad hacia el único hombre que le mostró cómo resistir, un joven debe elegir qué tipo de persona será cuando el mundo se derrumbe. Una novela intensa sobre la fuerza del conocimiento frente al poder de las armas.
En el México donde el poder y la violencia mandan, «Nunca es suficiente» retrata vidas marcadas por el dolor y la resistencia frente a la manipulación por parte del gobierno, ejército y traficantes. A través de personajes inolvidables, la novela expone el precio de la supervivencia en una sociedad donde la paz siempre parece inalcanzable.
