Es difícil escribir cuando el teatro de operaciones de mi mundo exterior está en una guerra emocional. Sobre todo cuando a la vez tengo que crear conflictos emocionales para mis historias; una batalla aparte. Una noche anterior hago espacio en mis tareas cotidianas del día siguiente para tener unas cuantas horas continuas de escritura sin interrupciones. Pero el mundo no se detiene por más berrinches que haga para defender ese tiempo. Lo que me deja en tierra de nadie frente a una resistencia que desea detenerme en cada interrupción no planeada.
Estoy en los últimos capítulos de mi novela, los más complicados de lograr. Vuelo entre esos dos mundos. Pero justo al llegar al momento de escribir el último capítulo, dio inicio una conspiración para que el aterrizaje final de la historia no sea tan placentero como un vuelo comercial bajo condiciones climáticas favorables. De imprevisto, se volvió un vuelo en medio de un bombardeo de fuego amigo.
El choque entre los teatros de operación —interno y externo— era un hecho al decidir escribir una historia sensual y salvaje. El mundo emocional y contemplativo de la historia tendría que aprender a convivir con el mundo real. Fue una confederación de sucesos, imposibles de predecir, los que me sorprendieron a mitad de la batalla: las repentinas muertes de dos miembros de la Pandilla Salvaje. Primero, de Roberta, que este enero cumple dos años de cuando la sacrifiqué a causa de problemas del hígado y, un año después, Hilts, quien murió por una ascitis.
Estos eventos fueron un paréntesis natural de la vida. La decisión de compartir casa con mi pareja fue el desequilibrio más profundo. En ese momento, mi vuelo de escritor pasó a formar parte de un teatro de operaciones conjuntas. Esta nueva aventura se unió al proyecto de mi nueva novela.
Desde la planeación tuve que adaptarme. No sólo fue acomodar mi nueva habitación y lugar de trabajo. También fue aprender a compartir y equilibrar mis tiempos con los de mi pareja. Al ser ella artista plástica, antes de vivir juntos, también acostumbraba a manejar sus espacios y procesos de trabajo sin considerar a otro. Quisimos hacer una transición fluida; en el fondo sabía que era una fantasía que me ayudaría a estar abierto a la incertidumbre. La vida de un escritor no fue hecha para soportar a la realidad; por eso, el plan de vuelo tendría que considerar escalas constantes. En el briefing diario todo se miraba perfecto, pero había un factor complicado de predecir: el emocional.
Una cualidad de las emociones es que se expresan con reacciones. Una emoción fuerte provoca una reacción inmediata, tan ruidosa, que bloquea nuestra capacidad de raciocinio. La costumbre y las reglas del buen vivir dicen que lo mejor es ignorar estas reacciones. Se cree que el tiempo las asienta. En el caso de un vuelo, los pilotos se entrenan para contrarrestar las emociones a través de una conciencia situacional conocida como OODA (observar, orientar, decidir y actuar). El problema es que un vuelo —en combate o en una emergencia— tiene una máxima desde el despegue: sobrevivir. Cuando al piloto se le presenta una situación, con el debido entrenamiento y la experiencia, filtra todas sus decisiones por esa máxima. En cambio, en un torbellino emocional con una persona del mismo bando, se interponen los objetivos personales, los que a su vez empañan el objetivo general.
En esta guerra de egos no hay derrotados ni victoriosos. Pero sí fortalece a la resistencia constante que, desde tempranas horas del día, expone razones para convencerme de desistir de mi objetivo, el cual es escribir. Escribir no es un oficio natural y es incomprendido en un mundo cada vez más pragmático y utilitarista. El apoyo es poco. Tampoco al final de una sesión de escritura hay felicitaciones o reuniones en un bar con amigos para celebrar. Eso viene con la validación popular que transforma el acto íntimo en un acto práctico.
Lo único que tiene el escritor es una satisfacción personal por lograr al menos una buena oración. Pero ésta aparece con la perseverancia y persistencia. Hay que sentarse todos los días a escribir. El oficio es egoísta y no le interesa si estás de mal humor o enfermo. No sentarse al menos a pensar le abre el camino a la resistencia. Cuando triunfa sobre mi espíritu exhausto, me convence de dejar todo de un lado. Agota lidiar con las emociones en el mundo de los vivos y luego, voluntariamente, alimentas las del mundo de la novela. Ese es uno de los mayores retos de la aventura de compartir casa con mi pareja: encontrar la flexibilidad para saltar de un mundo a otro. Esto es, mantener los conflictos de los personajes de la novela en mi cabeza sin dejar de funcionar a la hora de la convivencia.
Todo sería sencillo si me la pasara ignorando el teatro de operaciones del mundo real. Cuántas veces he deseado lanzarme al vuelo todo el día y aterrizar cuando ya todo el drama del mundo real terminó. En los momentos de mayor lucha contra la resistencia, despegó la aeronave para volar entre sueños en los que imagino las maneras en que me puedo librar de todo. Pero en ninguna de esas fantasías habitan mi pareja ni la Pandilla Salvaje. Es una probada de un mundo que aparenta tranquilidad. Pero en un segundo orden de ideas se vuelve un mundo insípido.
La aventura de escribir se trata de encontrar un balance entre el mundo de los vivos y la imaginación. Peleo mucho en la actualidad por un espacio de tiempo, pero tengo que cumplir con obligaciones cotidianas; no hay escape, sólo consecuencias. No existe un mundo ideal para el oficio del escritor, menos en la actualidad, que demanda al escritor independiente publicar constantemente para crear una audiencia. Bajo esa presión y el drama de la vida, las ideas no fluyen como me gustaría. Sin embargo, hay que trabajar para no darse por vencido.
Cada novela es un proceso difícil, pero de todo el vuelo, los últimos capítulos son los más complicados. Tengo que cerrar los conflictos de los personajes y, a la vez, contemplar sus ciclos emocionales. Mientras eso sucede en el papel, las emociones del mundo real siguen su curso. Las luchas, internas y externas, son inevitables y diarias. Son parte de la vida del escritor.
