Nunca estás solo cuando trabajas en una producción cinematográfica. Es uno de los oficios en el que te rodean las personas, lo quieras o no. Parte de la aventura es asistir a reuniones de trabajo y juntas para hablar de los traumas infantiles y opiniones políticas de personas que, después del proyecto, es posible que no sabrás más de ellas. En el tiempo en que trabajé en el cine, era irascible, siempre, aun sin intentarlo, ofendía a alguien.

Durante la pandemia del COVID, inicié una etapa postergada por muchos años: escritor. Vivía con la compañía de la Pandilla Salvaje, lo que facilitó mis tiempos para el nuevo oficio. Fueron dos años productivos. Cuando la vida de la ciudad regresaba a su ritmo, estaba encausado en el oficio con una rutina de lectura y escritura que devoraba las horas del día hasta el momento de regresar a la cama. Mi hogar se convirtió en mi oficina.

Fuera de la casa, la vida social estaba ansiosa por reunirse y compartir sus vivencias en la cuarentena. Era como si todos quisieran recuperar en las menos reuniones el tiempo perdido. Para ese momento estaba en la edición final de mi primera novela y estructurando la siguiente. Por lo que rechazaba todas las invitaciones aparecidas en mi celular o en la bandeja de entrada del correo electrónico. Las interrupciones no tenían hora y, al no contestar de inmediato, sonaba el celular exigiendo respuestas. Poner el aparato en silencio, encerrado en un cajón, no fue una solución. El temblor y el ruido que generaba al vibrar, alteraban a toda la pandilla, la cual ladraba sin tregua. Estos paréntesis rompían con mi enfoque, porque el decir «no puedo» no era suficiente. Entonces soportaba una conversación de clichés para despedirme con agradecimientos y disculpas. No estaba dispuesto a ceder mi tiempo de escribir.

Como resultado, apagué el celular y desconecté el internet durante mis horas de trabajo. El encierro fue un punto de inflexión en mi vida que sirvió para clarificar mis metas. Estaba satisfecho de avanzar en mis proyectos en lugar de socializar.

Al terminar el primer borrador de mi segunda novela, el mundo parecía haber olvidado esos años que pasamos en encierro. Fue un paréntesis de la época que pospuso eventos políticos y sociales por un breve periodo. Eso era en lo general; en lo particular, cansados de tantos desplantes, desaparecí para la mayoría de mis conocidos. Una constante en mi vida por los cambios de ciudad y giros de profesión.

Sin desear, me convertí en misántropo; eso me dieron a entender las amistades que contacté y fueron amables al contestar mis mensajes para invitarlas a salir y tomar una cerveza o un café. Orillado a buscar en otros círculos, busqué en los de literatura y escritura.

Pero se interpusieron barreras que impidieron hacer amistades valiosas. Por un lado, estaban los escritores que decidían por ser introvertidos y se pasaban el tiempo postergando su escritura. Sus pláticas estaban llenas de pretextos para justificar su indecisión por exponerse. En otro lado estaban los que escribían, pero se inclinaban a ser inlfuencers y sólo el interés económico los impulsaba a la acción. Demasiado pasivos. También descubrí escritores de ficción ya publicados; éstos, no tenían interés en entablar amistad con un primerizo cincuentón.

A pesar de todo, hice esfuerzos con la esperanza de hablar con personas abiertas a debatir y discutir sobre la vida. De cualquier tema. Sin embargo, todo era hablar de estadísticas, compartir mantras y la vida de escritores o de artistas en lo general. Sus perspectivas estaban evaluadas según críticos y conocedores del tópico que tratábamos. Pocos tenían opiniones propias de las cuales aprender.

De nuevo quedé en medio de reuniones llenas de lamentos banales y preocupaciones melodramáticas sobre los hechos que aquejan al mundo. Pero nada acerca de escribir, nada del intercambio de ideas.

Entonces acudí al espacio impersonal que son las redes sociales. En los círculos que caí, los escritores de habla hispana tratan temas de cómo conseguir seguidores, lo afortunados que son al tener cinco inscritos en sus boletines y que por ellos no paran de compartir. Escriben según la moda y aconsejan las maneras de obtener ganancias a través de los likes. Sí, me gusta compartir mis ideas y tener lectores, pero no quiero someterme a lo trending. Escribo para compartir mi perspectiva del lugar en el que me desenvuelvo. No se trata de profundizar o guiar la vida de otros.

Fue entre los escritores y lectores en inglés donde localicé una variedad de temas. Es un público más amplio que lee por placer y busca a autores independientes. El problema que encuentro actualmente es que todas las conversaciones, de alguna forma, encuentran el camino para hablar, a favor o en contra del movimiento woke. Cualquier refutación —con el fin de profundizar en el tema— se toma como ofensa. Me cansa dar un contraargumento con cuidado en las palabras para no ofender. Además, en México, hay pinceladas del movimiento, pero solamente en las principales ciudades del país y en ciertos círculos sociales ajenos a mi rutina de vida.

Así pasan los días y los espacios para iniciar amistades, sin la pretensión de impresionarse entre sí o sin los enamorados de escuchar su propia voz, se reducen. Tanto en círculos angloparlantes como hispanohablantes termino oyendo lo mismo que leo en las redes sociales o noticieros. Hay quienes platican acerca de series de televisión y videos cortos de Tic Tok o Youtube. Está bien hablar un poco de esto y aquello, al final agota y aburre.

También es agotador estar entre artistas en competencia de egos mezquinos. Las nuevas tecnologías nos están arrinconando a crear para agradar en lugar de hacerlo por un gusto auténtico. Cada vez hay menos principiantes que se dan a conocer escribiendo con sarcasmo. La farsa es incomprendida y la sátira sólo se acepta en círculos exclusivos y a personas con fama comprobable.

Los poetas que escriben con un alma salvaje en busca de la libertad desaparecen jóvenes. Cambian de rumbo o de giro profesional. Para llegar a su obra es complicado. Cuando los encuentro, enterrados en una página web olvidada al fondo de los motores de búsqueda como Google, la computadora se bloquea por la saturación de pop-ups que sirven para mantener el sitio.

Hallar nuevos amigos en plena efervescencia de los algoritmos modernos es una proeza. Hay que salir a calles alejadas de los lugares comunes —ya hechos clichés—, por influencers y opinólogos de ocasión. Es poco usual, pero sí me cruzo todavía con personas deseosas de discutir y exponer sus argumentos. Están dispuestos a caminar por la calle para compartir un cigarro, y si han dejado de fumar, respetan a quien tiene el gusto y el placer de hacerlo.

Ya no me extraña el señalamiento de misántropo; no creo serlo. Lo hacen mis viejas amistades a las que ya no frecuento ni busco. Claro que al estar en el hogar, mi oficina, la mayor parte del tiempo vivo encerrado. Salgo a la calle, me gusta caminar y también lo hago al pasear a la Pandilla Salvaje. No obstante, tener una vida social amplia y llena de reuniones ya no es mi objetivo. Lo es una soledad llena de escritura y lectura.

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