La espera por el ISBN continúa. Es una pausa larga en la que estoy, con espada destemplada, enfrentando a la resistencia que no desiste en su intento por frenar mi impulso por escribir. Sigo en esos capítulos finales, pesados y complicados, de la próxima aventura. Mucho se debe a que estoy en la transición de un sistema a otro. Antes, para evitar la ansiedad por terminar la historia, me apuraba y escribía como loco sin en realidad dar tiempo a respirar a los eventos finales de mis personajes. Esta vez, como buen verdugo, hago tiempo para alargar su agonía. En el nuevo método que intento, procuro hacer lo opuesto a lo primero que se me viene a la cabeza. El motivo es mi cabeza; por lo regular, piensa en terminar todo de un bocado sin saborear las letras y los párrafos. Es el hábito de la ansiedad contra quien me enfrento en estos momentos finales. La espera por la solución burocrática sólo me debilita. Pero no lo es todo, también me enfrento a la velocidad del tiempo moderno; exige la atención a los quehaceres cotidianos y los cobardes compromisos sociales —si los ignoro llegan con chantaje, reclamos y favores bumerán—. Otra cosa que traen las pausas son las dudas que merman a lo salvaje de las letras, que, intentan escapar de la colonización tecnológica. Ese dragón, cada vez más feroz, escupe fuego para dejar en cenizas la autenticidad de las ideas y convertirlas en un producto comercial. Esa rapidez con la que se desea escapar de todo. Sí, es cierto, aún nos detenemos para, con nuestro celular, robar el aleteo de una mariposa, la estética de una flor, asaltar cualquier acto que sirva como prueba de que somos humanos sensibles y considerados. Lo que la velocidad del día nos arrebata es la capacidad para detener el tiempo y contemplar. Apartar un momento para sumergirse en las historias que brotan de la tinta en el papel y dejar que nuestra imaginación vuele lejos, a otras tierras. Sin conexiones superficiales de un perfil —sin mi esencia—, me proyecto como un ser existente. La agilidad del navegar de la imagen entre las plataformas crea una identidad que complace al mundo. Así, hay oportunidad de participar en el gran chat de sufrimiento, de autosatisfacción y de solución de los asuntos graves e insignificantes, de la bola de tierra y agua que gira y cae en el vacío. Triviales para el que no puede hacer mucho y resolverlos con una presteza que impulse su perfil digital. ¿Sería un mundo maravilloso en el que todo se resolviera con la pasividad de los likes? ¿En el que protestar en las calles fuera la solución, así como lo es la memoria en lugar de la comprensión? El mundo en un videojuego, sin lugar a dudas. Lo que temo, es a la confusión de dedo urgido; que resuelva con mala calidad por ese apetito de ego. El Fast food destruyó la calidad de las hamburguesas y pizzas. La ansiedad del comunismo mató a personas y despojó de su esencia, filosófica y humana, al socialismo. En el espíritu de la urgencia no hay espacio para lo que perdura, mucho menos para contemplar, que, es perder el tiempo. Estamos apresurados por corregir y señalar con fotografías y hechos nuestras fallas humanas. Ya no hay gozo por el error. Tanto el inversionista como el consumidor disfrutan de la tecnología del challenge para demostrar lo tonto que es el ser humano. Lo presumimos con repeticiones en las que podemos juzgar, una y otra vez, sin que nos cansemos y durante horas, cada detalle, cada expresión, cada tontería, que nos distraiga del peso que cargan nuestras rodillas y de la pasividad de nuestras neuronas. Después de ese trabajo, no queda tiempo para nada más.
Como un buen estratega, observo a la colonización contemporánea operar desde dos frentes. Al final del día me canso de la lucha y cada mañana vuelvo a ella. Un frente ataca con la intención de convertir mis ideas en un producto comercial. Sus ataques no son los de una guerra convencional. Son espías que comparten información con la resistencia acerca de mis deudas y necesidades. El enemigo toma estos datos y me ofrece el camino fácil de una tregua que quiere domar mis sueños en favor de la civilización y del progreso. En el otro frente está la tecnología, hábil contrincante, que en la lucha logra extraer mis datos para sembrar dependencias, que, en cualquier descuido, terminan oprimiendo a mi voluntad. Parece un enfrentamiento injusto. No lo es. Tengo las armas para combatir y vencer, pero es una guerra larga. El triunfo depende de mis generales: paciencia, persistencia y perseverancia. En algunas batallas, cuando queda debilitado uno de ellos, cubro con brigadas de otro frente. Lo cual consiste en dar un trago amargo de las frustraciones que provoca la débil defensa de un mal planteamiento. Lo difícil de esos días es no reaccionar y desquitar el revés con lo que tengo a la mano. El asunto es que lo que está a mi lado es la razón que me motiva a hacer la guerra: mi pareja y la Pandilla Salvaje. Ninguno tiene la culpa de mis debilidades, pero envuelto en la cólera, sus berrinches los percibo como reacciones deliberadas y calculadas. En el campo de batalla me doy el lujo de reaccionar con mi instinto, ser un salvaje que avanza sin planeación. El fin no es triunfar, sino perdurar. Reconozco que la guerra sólo termina cuando el corazón deja de latir. Cada día lo vivo con intensidad; sin ser consciente, invado los campos de batalla de mi pareja y de la Pandilla Salvaje y perturbo sus batallas propias. Es el espacio entre ejércitos lo que evita que el hogar se convierta en el Peloponeso. En el exilio, recuerdo cuando deseaba vivir en el edén. Lo intenté en la cabeza. En cambio, mi alma, llena de ira y contradicción, fue la que nunca encajó. Incómoda por usar togas, exaltaba a un ego mezquino que no quería luchar, sino disfrazarse de estúpido y pasar desapercibido. Caminaba entre personas que no querían que se les contradijera o individuos con ideas preconcebidas. El lugar era en apariencia un paraíso, pero mi espíritu salvaje, en defensa de su espacio, secuestraba a mi intelecto y miraba con recelo a los titubeos de mi supuesta sinceridad. Con mantras engañosas y pegajosas, hijas malcriadas de madres sensibles y auténticas, apaciguaba a la cabeza. En los días difíciles, el alcohol funcionaba de maravilla. Solo el borracho puede soportar la hipocresía. En ese instante de debilidad, en el que la resistencia me invade con recuerdos, miro a la Pandilla Salvaje, a mis pies, contemplando la noche. Dispuesta a acompañarme mientras escribo. Cubiertos de la lluvia y la fría noche, vemos el final del día, y después de negociar el destino de los personajes, el inicio de uno nuevo.

