Hago cuentas: un autor se lleva en promedio el diez por ciento de las ventas de cada libro. Digamos que el mío se vende en trescientos cincuenta pesos: treinta y cinco para mí. Tendría que vender cerca de quince mil copias para justificar, más o menos, el sueldo de un año. Y eso por ser un escritor mal pagado, con una novela que me llevó un año entre empezarla y dejarla lista.
En estas fechas hago las labores de vendedor. Esa necesidad del escritor independiente, para la que carezco por completo de talento.
Acudo a los consejeros que abundan en internet. Uno dice que, para vender un producto, hay que contestar una pregunta: ¿por qué la gente necesita el producto que ofrezco? En mi caso: ¿por qué alguien necesitaría leer mi libro? Las respuestas que se me ocurren apuntan a la importancia de leer, no a la de leerme. No es lo mismo. Y ahí, antes de empezar, ya estoy vendido.
Antes de publicar mi primera novela, un amigo que tiene una editorial pequeña me ofreció publicarla. Estuve feliz un par de minutos, hasta que puso frente a mí una lista de obligaciones: presentaciones, entrevistas. Le di vueltas un par de días, solo por respeto a la amistad. Desde que vi la lista ya estaba decidido a decir gracias, pero no.
Escribir no lo hago por volverme rico ni famoso. El oficio artístico trae algunas veces fama y, muy rara vez, dinero. Muy pocos viven de su trabajo personal. Para el que no lo consigue, una cosa es trabajar en sus ideas y otra mantenerse, y mantenerse obliga a trabajar las ideas de otros. Hacer encargos. Uno se sienta a poner sus sueños en el papel después de aflojar un poco las cadenas del trabajo por encargo. Solo un poco: forzarlas hasta romperlas es quedar al borde de la bancarrota, a dos pasos de la calle. Al final, el artista depende más de la suerte que del talento. Ese es el juego. Tramposo, sí, pero el universo es incierto.
La editorial paga oficina, teléfonos, personal, imprenta, publicidad. Es comprensible que pidan al autor su tiempo para promover la novela. La ganancia me parece poca. Autopublicar tampoco convence: los porcentajes no suben tanto, y el arte personal rara vez se remunera. Una vez leí —no recuerdo de quién— que la fama y la fortuna llegan a tan pocos escritores que conviene contar con ninguna de las dos.
Aquí está el nudo. Escribo con la esperanza de que la gente me lea. Me gusta escribir y quiero compartir; de ahí la idea de publicar. Y me niego a hacer lo único que pone el libro frente a la gente. Quiero el lector y rechazo el camino hacia el lector. No sé resolverlo. Salir a internarme en la circulación de la ciudad acaba con mis nervios y mi paciencia; vaciado, en casa, no escribo. Prefiero el engaño de que manejo mis tiempos a mi antojo antes que la mentira de que codearme con expertos me dará fama y fortuna. Pero prefiero un engaño a otro, y lo sé mientras lo escribo.
En lugar de las cinco horas matutinas que me propongo, lidio con lo cotidiano de un hogar que vive al día y con una Pandilla Salvaje juguetona. La medianoche es mi refugio. No importa qué tan agotado esté: al sentarme, tomo fuerza, mi cabeza deja de pensar y me deja escribir en paz. Tener los días ocupados en discusiones, juegos, compras y pagos es un recordatorio de que nada es certero. Al escribir mis novelas siento felicidad por sostener este caos con pinzas.
En los tres años desde que autopubliqué mi primera novela, cada vez que veo a mi amigo, me pregunta si voy a aceptar la oferta con la siguiente. Soy don Nadie en el oficio, pero así llevo dos novelas, tengo a medio camino la autopublicación de la tercera y transcribo la cuarta. Trabajo en lo que puedo para enfrentar las facturas, el inevitable rugir de las deudas. Mejor quedo haciéndola de mal vendedor.
La vida es un juego. Un juego tramposo para muchos. Pero al final es solo eso: un juego.
