Cuando era pequeño mis padres me llevaban a visitar a mis abuelos. Recuerdo que con mi abuelo paterno no me dejaban jugar en su jardín. Era dramaturgo y escribió teatro hasta sus últimos días. Toda la casa permanecía en silencio a las horas en que se encerraba en el despacho. El único espacio al que se confinaba mi ansiedad provinciana era la recepción de la casa. Era cuidadoso con hacer ruido, sin muchas palabras, mis padres me hicieron consciente de la importancia de respetar el trabajo de mi abuelo.

Por otro lado, cerca de ahí, vivían mis abuelos maternos. Decididos a desprenderse de las responsabilidades de una casa grande, vivían en un departamento. El padre de mi mamá también escribía, pero él lo hacía para sí mismo. Un pasatiempo en su juventud y un oficio en su vejez. Sus escritos eran reflexiones sobre el pensamiento humano. Sobre todo de cómo la filosofía India influenció en el occidente. Era curioso de la filosofía prehispánica. No se trataban de estudios serios. Eran un análisis de sus experiencias cuando hacía alpinismo. El Popocatépetl fue su gran amor.

La ironía era que, para mi abuelo paterno, que deseaba mantener una casa amplia en la que sus nietos e hijos pudieran convivir durante sus visitas, se imponía silencio y orden. Para el materno, que su casa era un lugar íntimo donde pudiera disfrutar de la calma para escribir, reinaba el desorden, visitas constantes y largas discusiones.

Mis dos abuelos fueron una influencia en mi vida. Frente a mi escritorio tengo la reproducción de dos pinturas que uso de inspiración en los días en que las condiciones de mi vida no son las ideales para el oficio. Por un lado, está “El caminante sobre un mar de nubes” de Caspar D. Friedrich, que representa al abuelo soñador y paciente que disfrutaba de las montañas. Por el otro, “El escritorio del artista” de Egon Schiele. El templo del escritor absorto en la soledad de su trabajo, sin necesitar más que de pluma y papel para plasmar sus ideas.

El modelo de mis abuelos por el oficio de escribir me cubrió a una edad madura. En mi infancia no tenía ningún deseo por ser narrador. Fue el tiempo que me inclinó por el oficio de la pluma.

Cuando inicié, me puse los ropajes clásicos del escritor. Deseaba de silencio absoluto para concentrarme, de lo contrario hacía corajes que, como puedo recordar, los llamaría berrinches al día de hoy. Mis artículos, de ese entonces, los vendía a revistas. Seguí normas y reglas que frustraban mi gusto por las letras. Los fines de semana me encerraba en un lugar especial para escribir la gran novela que me daría a conocer al mundo. Escribí de todo un poco y, cuando el proceso de la novela era una ficción, di un salto a mi línea temporal para enlodarme en la guerra de egos mezquinos de la realización cinematográfica. Transformé mis letras en números de presupuestos y, mis sueños, se ahogaron en mezcal, ron y whiskey. Reconozco que se me facilita ser esclavo de los estereotipos.

El centralismo del país, me trajo a trabajar al ritmo incansable de la Ciudad de México. Donde los movimientos de la ciudad, además de eternos, son agotadores. Escribía cada vez menos hasta que un día dejé de hacerlo por completo. Fue cuando me pregunté: ¿cuál es el valor del trabajo en mi vida? El disgusto de la respuesta me noqueó. No fue un ataque de arrepentimiento. La experiencia y el honor de trabajar en el cine quedó cincelada en el corazón. Fue el recuerdo del sueño de convertirme en vagabundo, libre para poder contemplar de la vida, lo que me convenció por desertar de los sets de filmación.

La nueva aventura abrió la puerta a la memoria del oficio de mis abuelos. Pero no deseaba regresar al juego comercial de las artes y la cultura. En sus inicios, el sueño del internet era darle voz a los disconformes, a los rebeldes y a los revolucionarios. No deseaba convertirme en ninguno de estos, pero sí aprovechar la promesa democrática que ofrecía la nueva Alejandría. Por lo tanto, en lugar de aprender las nuevas reglas editoriales, comerciales y de publicación, robé lo necesario para escribir y publicar.

De no encontrar ese espacio, la excusa para aletargar la escritura de mi gran novela, continuaría a mi lado. Era claro que mi entorno no se adaptaría a mis deseos. Sé agua, decía Bruce Lee, de lo contrario el entorno terminaría por romper tu espíritu. Pero no puede uno convertirse en agua de la noche a la mañana, y menos cuando las mañas, la costumbre y la experiencia están petrificadas en el alma.

Las visitas a casa de mis abuelos me revelaron el camino. Cuando puedas controlar tu entorno, hazlo, y cuando no, te adaptas. Es fácil pensarlo ahora, pero practicar esta filosofía no es sencillo. Involucra desnudarse de las ropas que visten al carácter de uno, la más difícil de quitar: el ego.

El ego del artista es molesto para las personas que conviven con este. Pero para el artista es combustible y a la vez una defensa de los saboteadores externos e internos. El ego es el vanidoso que demanda silencio y concentración.

Suscríbete para seguir leyendo

Este contenido es gratuito, pero debes estar suscrito a Bodo Newsletter para continuar leyendo.

Already a subscriber?Sign in.Not now

Reply

or to participate

Keep Reading

No posts found