Nadie elige escribir de noche: se es condenado a ello. Cada día inicia con un plan para apartar un tiempo y escribir en el exilio, donde fluyen las ideas. Es una batalla que comienza al poner el primer pie en el suelo. No es tanto el peso de los sueños que oprimen mi cuerpo al colchón lo que me impide emprender la marcha antes del alba. Son las redes de los sueños que me dejan en un limbo. Siempre me parece ver a los minutos correr despavoridos antes del mediodía, como si alguien los estuviera persiguiendo para arrebatarles su libertad. No importa que tan en calma despierte, siempre corren. Mi reloj interno de la mañana percibe que el día va en cámara lenta mientras le sirvo los platos de comida a la Pandilla Salvaje y preparo mi jarra de té mientras intercambio sueños con mi pareja.
Ya con pluma en mano miro al reloj, ¿a dónde se fue el tiempo? Reviso mi plan del día, hago cambios con la inocente ilusión de que cumpliré. Escribo lo que tenga en la cabeza para deshacerme del peso de la lucidez. Riego las plantas de mi refugio en el exilio; la otra compañía salvaje de la aventura. En la mesa, preparada en la madrugada, están mis apuntes del próximo capítulo de la novela. Pienso lo mucho que llevo con ésta, un año y un par de meses, y aún me quedan los tres últimos capítulos: los más difíciles de lograr. Mi humor en estos días está al borde de la ira. Con melancolía extraño mis tiempos de fumador compulsivo, mientras los nudos de los hombros y el cuello, torturan a la voluntad.
Las manecillas del reloj en la pared no se detienen. Desearía que por falta de pilas me dieran la ilusión de una pausa. Quiero enfocarme, pero hay demasiado ruido en mi cabeza. Al no escribir, pienso en el fracaso de mis novelas: de las publicadas, la que escribo, y de las que aún no existen ni en bosquejo. La resistencia acecha. Tomo la pluma listo para iniciar la lucha y en el trayecto se me ocurre revisar mis correos. Los trámites del ISBN, de la próxima publicación, todavía no se procesan. Es una maldición, el silencio de la burocracia que me obliga a estar en constante alerta para el trámite y pueda continuar con el proceso de la exposición. La resistencia es tan fuerte que, la simple acción de ver el buzón, me lleva a una intensa navegación por el internet. La pluma es paciente y espera acostada sobre la hoja en blanco.
La ansiedad por revisar mi correo me impide desconectarme del wifi en mi refugio. Claro, podría hacer esta revisión por la noche. Pero la experiencia me enseñó que no satisfacer la ansiedad mental merma mi energía. El tiempo de escribir terminó. Ahora aparece en escena el escritor que trabaja para pagar las cuentas.
Está próxima la época en que los días y las noches duren lo mismo por un breve periodo; hasta las noches largas y frías. Me angustia pensar que no podré publicar antes del fin de año. La intención es que sea en octubre.
Pensar en esto sólo ayuda a que la resistencia avance más y me ofrezca todos esos dulces pretextos para justificar mi falta de avance. Existen muchos tipos de resistencia a los que me enfrento. Está el típico bloqueo al cual combato con trabajo. La otra es aquella que me llena de dudas y es pesada. Contra ella, la literatura es la mejor de las medicinas. Pero no es sencillo, hay que saber que leer; no tiene que ser una novela que contenga temas de lo que escribo. No por temor a la influencia, sino por la facilidad de la mente por comparar. Decido por la poesía y los libros científicos. La primera me ayuda a relajarme al motivar la contemplación. La segunda me enseña humildad al mostrar lo frágil que es la verdad cuando se le cuestiona.
El día se interrumpe por una larga pausa que corresponde a la comida con mi pareja y la segunda de la Pandilla Salvaje. Luego llega la tarde en la que edita el escritor de artículos. El ocaso anuncia el final del día con la falsa promesa de que el plan se cumplió. La realidad es que aún queda la aventura de escribir para mí.
Pero el obstáculo a superar es el del de agotamiento. El hecho de que una de mis violetas, la de flor blanca con orilla púrpura, murió por exceso de agua, retrasa la llegada de la motivación. Un mal cálculo de agua. Nada bueno se logra cuando forzamos los sucesos. Tengo que bajar las revoluciones, y el tiempo, ahora se le ocurre caminar lento. Pasa cuando no salgo de la casa, cuando tengo un compromiso, se acelera. El juego que me parece más cruel es cuando me tengo que enfrentar al tráfico de la ciudad, entonces acelera. Sobre todo cuando alguien espera mi presencia y el maldito se entorpece cuando voy de regreso a casa.
Con las manos en el manubrio miro a mis compañeros de desgracia en un avance que desmoraliza. Cuando la desesperación ataca y susurra al oído, nunca vas a salir del atolladero. Abandona el auto, deja todo atrás antes de que este lugar se convierta en tu nuevo hogar. Para soportar, me prometo que al llegar a casa compraré un cigarro suelto. La promesa se cumple un par de veces en el año, por más amistad que tuve con el tabaco, esta terminó. Ahora me parece desagradable su amargura seca con sabor a mierda.
La pluma sigue ahí, a la espera, en la patria del escritor: la soledad. Estos días, las lluvias nocturnas me impiden ver las estrellas; aun así, sé que camino bajo ellas a mi refugio. El agotamiento elimina a los prejuicios, las inseguridades y las ataduras de la perfección. La noche descompone el tiempo, no hay prisa; las interrupciones parecen también dormir. Sobrio de la lucidez que me frena a pensar y a corregir mis textos, muevo la pluma en el vacío.
Con viento en popa navego a toda vela en el mar de las ideas. El paso de las manecillas ahora es despacio, aunque ya no me guío por ellas, de reojo veo su recorrido. Es un cruce de miradas amistoso, ya no tengo más reclamos. Por fin escribo y las palabras saltan de la hoja. Otro día revisaré los párrafos, ahora dejo que todo fluya salvaje. Sólo me interrumpe la molestia de cambiar o girar la hoja.
Hago una pausa para acariciar a la Pandilla Salvaje y mirar las plantas que también duermen. Es cuando recuerdo a la violeta muerta. Mucha intensidad es mortal, me recuerdo en silencio. En esta profunda vacuidad se escucha el trazo de la pluma sobre la hoja blanca. Satisfecho de perseverar, guardo mis hojas. Una línea más, digo. Las Salvajes saben que es hora de ir a la cama y toman sus lugares. Caigo en el espacio que me dejaron, la ansiedad de una de ellas, la hace esconder su hocico bajo mi brazo para exigir que la acaricie. Muevo la mano, luego los dedos por su pelaje, hasta que veo un rayo de luz por el marco de la puerta a los sueños.

