Pase una Navidad tranquila en compañía de la Pandilla Salvaje. Para la medianoche ya estábamos dormidos. No fue por Grinch; mi pareja estaba de viaje y, debido a que vivo en los márgenes de la ciudad, no logré integrarme a ninguna fiesta.

Con la pandilla es difícil sentirse solo en casa. Llevaba 15 días encerrado, en los que aproveché para trabajar. Limité mis salidas para conseguir suministros. El resto del tiempo estuve con pluma en mano y con libros a un lado. Era inevitable que en los momentos de más silencio la mirada viajara por el año que está por concluir.

Hubo de todo en estos trecientos cincuenta y tantos días definidos por puñados de paradojas que no son otra cosa que conflictos entre la realidad y las expectativas.

Pero estos problemas, por más definición que tengan, no son tan fáciles de resolver. La simpleza de la mente me dice que solo necesita reconocer lo que está bajo mi control y lo que no lo está, desecharlo. Esta fórmula sirve para los asuntos prácticos; este año no tuvo tantos como para sentir que transcurrió con viento en popa y a toda vela. En la mayoría de los conflictos intervino el factor humano.

Ojalá la vida fuera tan simple como para aplicar los tratados de Parménides. No lo es. Para un escritor independiente, las expectativas, por más frías que las mire, se alimentan del fruto que nace del árbol de la esperanza. Es un fruto venenoso alimentado por una tierra abandonada años atrás. No es algo inevitable dar una mordida de ese fruto; sin embargo, sí requiere de un esfuerzo extra no tomar un pedazo de ella. Hay que verla de cerca para poder evaluar los problemas: Mirar sin probar.

Mi jardín está bajo la custodia de un harapiento. No hace otra cosa más que sentarse y ver cómo recorro los cuartos de la mente con tal de evitar pisar la hierba descuidada y polvorienta. Pero por más que busco entrar al jardín sin ser visto, es imposible. Todo lo que entra a la cabeza pasa por ahí y él lo usa para fertilizar la tierra. Es un viejo de barba descuidada, alcohólico al que le gusta fumar. Es grosero y, en ocasiones, agresivo. Contesta de mala gana y da los peores consejos del mundo.

Así imagino a ese custodio. Lo tengo tan claro porque se creó de una imagen que alimenté por años con la tonta mentira de que era como debía ser un artista. Ahora está descuidado y viste con harapos. Hubo una época en que lo atendía y lo consultaba para cualquier menester de mi vida. Pero desde hace años mantengo la conversación entre nosotros al mínimo.

Este custodio no se cansa. Sabe que en cuanto aparece un conflicto, tengo que necesariamente cruzar por el jardín. En el momento que pongo un pie, se acerca para darme sus consejos. No importa la paciencia que tenga, ni lo decidido que esté para ignorarlos. Habla y habla, es insistente e incansable.

Por esto hay ocasiones en que dejo pasar un problema con la estúpida idea de que el tiempo lo resolverá. Los que crecen sin que yo tenga el control sobre ellos o se complican con mi ingerencia, terminan por resolverse como lo marca el soslayo apático. Son los conflictos que involucran lo humano en los que invariablemente acudo al jardín.

Esos conflictos dan semillas que el custodio siembra con esmero para que crezcan árboles rencorosos. En apariencia, el tiempo oculta al problema, pero al regresar a este, tengo que probar ese fruto que germinó de esa mala semilla con raíces crecidas en una tierra mala. Entre más tiempo pasa, las raíces profundizan en el terreno. La única forma de evitar que crezca esa planta mal cultivada es dar frente al conflicto lo antes posible.

Pero no es sencillo y menos cuando está enredado con otras personas. Peor es cuando esas personas dieron frutos venenosos en otros conflictos que no resolví; esperan pacientes para lucir sus brillantes formas. Cuando me acerco a esos frutos es cuando el custodio tiene el poder y toma control de la casa entera.

Mordido el fruto del rencor, no hay manera de retroceder. El veneno avanza veloz por el cuerpo y la única voz que escucho es la del custodio harapiento que está a un lado. Me convierto en su esclavo obediente motivado por las emociones.

Intoxicado, quiero salir del jardín para buscar una cura dentro de una habitación de la casa. Pero el custodio me sujeta. Como en esos momentos se ha hecho dueño de la casa, no puedo escapar. Es dueño de todo excepto de la habitación donde está la cura. Es la única con llave y siempre que el custodio toma el control, olvido dónde la guardo. Son momentos tensos en los que la única manera de escapar es manteniendo la calma.

Pero todo esto no es pretexto para evitar conflictos. Me gusta resolver problemas; los busco y los provoco. La solución es que controle el nivel de las expectativas. Estudiar la realidad, no solamente ser un observador pasivo. Procuro ser un realista; aunque esto en algunas perspectivas me haga parecer un pesimista, es la forma para no sembrar más rencor en el jardín.

También sería un engaño el creer que el custodio harapiento no está ahí. Correrlo del jardín o encerrarlo, eso es una mentira que podría decirme. Pero lo único que eso genera es una falsa esperanza porque el custodio no va a desaparecer. Lo que sí está en mi poder es reconocerlo y advertir de lo que es capaz de hacer.

Murphy le enseñó a pensar. Entre la opresión militar que devora su barrio y la lealtad hacia el único hombre que le mostró cómo resistir, un joven debe elegir qué tipo de persona será cuando el mundo se derrumbe. Una novela intensa sobre la fuerza del conocimiento frente al poder de las armas.

En el México donde el poder y la violencia mandan, «Nunca es suficiente» retrata vidas marcadas por el dolor y la resistencia frente a la manipulación por parte del gobierno, ejército y traficantes. A través de personajes inolvidables, la novela expone el precio de la supervivencia en una sociedad donde la paz siempre parece inalcanzable.

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