Después del divorcio de mis padres, mi vida entró en un contexto multifamiliar. En un principio, mientras mi padre y mi madre se acomodaban a sus nuevos matrimonios, la convivencia fue muy de adultos, sin celos ni peleas. Ambos llevaron vidas muy cordiales. También lo fueron las relaciones de sus respectivas parejas con las familias que estas habían dividido. Todo esto cayó en la filosofía de que, mientras sume y no reste, es mejor.
De todos los hijos soy el mayor. En cuanto llegué a la adolescencia, me integré a las filas de las fuerzas armadas del país. Hasta ese momento todo era normal en el multifamiliar. Por eso fue que nunca me di cuenta de las divisiones que sucedieron después de mi partida. Fue hasta que obtuve la baja de la Fuerza Aérea cuando regresé a la ciudad para vivir los clichés de las culpas que brotan de un divorcio. Dramas comunes que hicieron zanjas escavadas por un ejército de egos. Ahora, muchos años después, son tan profundas que parece imposible cubrirlas para regresar a la cordial y adulta convivencia del multifamiliar.
Los matrimonios de mis hermanos ajedrezaron aún más el multifamiliar. Aunque entre todos estos cuadrantes hay diferencias políticas y formas de vivir, me gusta creer que me muevo entre los cuadros sin presentar ninguna amenaza a nadie. Al menos eso intenta para no hacer más profundo el zanjado que ahora nos divide a todos.
Ignoro quién dio la primera palada; cada cuadrante tiene una versión distinta. Al escucharlas, todas parecen empalmarse en algún momento. Lo que sí distingo es que ahora todo es una competencia. No hay meta definida, solo se compite para sobresalir. Una palabra común que está en toda esta estupidez es “éxito”. No todos la pronuncian igual y en algunos contextos se sobreentiende. Hay cuadrantes que la distinguen como “triunfo”. En otro cuadrante, en lugar de decirla, muestran el resultado de sus “éxitos” a través de viajes y posesiones. Para mí, todos en el multifamiliar son exitosos.
Quizás sea porque entiendo distinto a ellos lo que la palabra significa y se refleja en la vida de alguien. Mis amigos —en su mayoría militares o ex militares— nunca medimos nuestras vidas o las comparamos en cuanto al reconocimiento de nuestros logros. Lo único que nos importa y celebramos es que podemos reunirnos y disfrutarlo. Mi mejor amigo, que es civil, hablamos de proyectos e ideas.
Fuera de estos cuadrantes multifamiliares y círculos de amigos, son ya demasiadas las conversaciones sobre el valor del éxito. Todo gira en torno al reconocimiento y a la envidia. En una de estas, platicaba sobre mi nueva novela en una comida a la que fui como el +1 de mi pareja. Al principio, la persona estaba interesada y alababa el logro. «Siempre he querido hacerlo, pero (pretexto 1, pretexto 2, pretexto 3…)», decía en cada pausa. Después que terminé mi sinopsis, vino la pregunta: «¿Cuántas copias has vendido?». Vi que mi respuesta ensombrecía. ¿Qué perdida de tiempo? Me transformé de escritor a un soñador fracasado. Rita Hayworth lo expresa mejor: "They go to bed with Gilda; they wake up with me."
Por experiencia, podría asegurar que no hubiera importado la cantidad de copias vendidas. Podrían ser 5 o 5,000; después vendrían las preguntas sobre si gané algún premio y luego que tipo de premio. Así continuaría todo hasta que se diera cuenta de que hablaba con un ser humano normal que, mediante esfuerzo, intenta conquistar lo ya conquistado.
¿Cuándo fue que las personas dejaron de buscar para adquirir conocimiento y, en su lugar, quieren saberlo todo para tener reconocimiento? No lo sé. Quizás se deba al exceso de información y a la inmediatez con la que se llega a esta en la actualidad. No fue hace muchos años que recuerdo que mi abuelo me pedía un libro de la biblioteca para explorar un tema y la discusión y crítica sobre el asunto durara horas; en ocasiones, días.
En mi más reciente visita a la librería, encontré que había demasiados libros sobre reglas de cómo vivir y triunfar. Siempre han existido; la sorpresa fue la cantidad de autores y de las distintas perspectivas sobre lo que es “triunfar”. Compré uno de Robert Green. El libro es una lista de retórica “de lo que debe hacerse para tener éxito”. Resume su perspectiva de lo que ya se ha dicho por los griegos y romanos, sobre todo en la Ilíada de Homero y las Guerras del Peloponesio de Tucídides. No una serie de ideas —como lo eran los libros de la Grecia y Roma clásica— que invitan a la curiosidad. Es un dogma. Ya no es el vive y deja vivir que promocionaban los ascetas de finales del siglo IX y principios del XX; ahora te dicta: ataca para sobrevivir. Parece que funcionan sus reglas, pues es un libro popular entre los “triunfadores” de nuestra época.
Es la nueva filosofía de la era moderna. Si quieres salir adelante, todos los que te rodean son tus enemigos. Lo constato cuando circulo entre el tráfico. Quizás muy pocos de mis vecinos de auto lo leyeron, pero todos aplican, de una u otra forma, sus dogmas.
De cualquier manera, mi naturaleza revolucionaria, me impide seguir las reglas de Robert Green aunque lo intente. Tampoco cuento con una capacidad para la memoria.
Entre esas cosas, soy un promotor de erradicar la competencia en el arte. Los premios, la crítica especializada, los connaisseurs, los dogmas académicos y, en general, todo eso que dicta “cómo se debe hacer” son anclas que nublan el pensamiento crítico del público. Cuando alguien ataca mi postura diciendo: «¿Y cómo sabemos que es bueno?» Pienso en la estupidez. ¿Acaso ya no podemos decidir por nosotros mismos qué nos gusta y qué nos disgusta?
No tengo fórmulas secretas para triunfar en las letras. Ni sigo ninguna rutina estricta. Admito que lo segundo lo intento. Pero el tiempo único que tengo es por la noche. El día lo reparto entre mi pareja y la Pandilla Salvaje. Hay paréntesis en los que trabajo en mis transcripciones y artículos como este. Pero las horas se van en convivir, contemplar y vagar. Ahí descansa mi fracaso.
Murphy le enseñó a pensar. Entre la opresión militar que devora su barrio y la lealtad hacia el único hombre que le mostró cómo resistir, un joven debe elegir qué tipo de persona será cuando el mundo se derrumbe. Una novela intensa sobre la fuerza del conocimiento frente al poder de las armas.
En el México donde el poder y la violencia mandan, «Nunca es suficiente» retrata vidas marcadas por el dolor y la resistencia frente a la manipulación por parte del gobierno, ejército y traficantes. A través de personajes inolvidables, la novela expone el precio de la supervivencia en una sociedad donde la paz siempre parece inalcanzable.
