¿Para qué quejarse de cada interrupción cuando estoy ante el escritorio? Mis jornadas de trabajo están hechas por intervalos. Es una solución cuando no tienes el poder de parar ni al tiempo ni al mundo cuando te sientas a escribir.
Así funciona mi cabeza. No soy Netflix, que puedo poner pausa para ir al baño y de regreso reanudar la proyección sin que la máquina pierda el hilo de la historia y necesite un tiempo para retomar todo. La película o serie ya está hecha; lo único que hace es reproducir. Como un político que no necesita pensar en segundo orden para calcular las consecuencias de sus acciones. A su alrededor tiene a la gente más que necesaria para que lo guíe si pierde el hilo del guion o que corrija algo cuando cae en una contradicción o dice una estupidez.
El problema, al menos así es mi caso, es que el oficio lo ejerzo en mi casa. Justo en el mismo cuarto donde duermo. Hay otros espacios que podría adaptar para la labor, pero prefiero el cuarto. No importa el espacio que decida; siempre estará dentro del hogar. Suena la campana de entrada para atender a un mundo de asuntos: Paquetería (tendencia del mundo moderno de clase media), revisión del medidor de agua, consulta popular; vamos, un universo de personas, sin que haya una razón lógica, interrumpen mi flujo de ideas.
Esas son las interrupciones de la calle. En el interior de los muros hay otro tanto, fuera de las obligadas: limpiar, lavar, comer, dormir, mear y cagar; aunque bien estas dos últimas se podrían hacer al mismo tiempo. Todo depende de la vejiga; la mía es hipersensible.
Lo más complicado de suspender el trabajo y separarme del escritorio es retomar todo como si nada hubiera pasado porque mi cabeza, cuando ya está en la carrera, no para. Ojalá se enfocara solamente en el trabajo, pero en un descuido escupe cientos de tonterías y fantasías que no vienen al caso de la novela que transcribo. Estas invasiones van desde otras ideas hasta si cerré bien o no una llave de paso de agua.
Sobre todo esas malditas dudas esporádicas son las que más friegan. Una idea, como quiera que sea, la apunto o la deshecho por estorbar: momento y lugar equivocado. Pero la cuestión de si cerré o no una puerta o de que dejé el agua correr es una tortura.
Al regreso de verificar estas torturas chinas, creo que puedo regresar y continuar con el trabajo. La cabeza no funciona así y, en el trayecto de regreso, luego de que me insulté por ser distraído y percatarme de que sí efectivamente cerré la puerta y la llave de paso del agua, aparece un diálogo de quién sabe dónde.
Una vieja conversación o quizás una mezcla de muchas conversaciones que señalan la manera en que desperdicio mi vida. «Se esperaba tanto de ti. Ahora mira, perdiendo el tiempo en tonterías». Voces que en realidad nunca existieron, y sé que son producto de mi inseguridad. Pero llevo tanto tiempo en el escritorio y tantas son las interrupciones que caigo sometido por ellas.
Me esfuerzo por callarlas. «Qué afortunados, me digo, son los que no piensan y solo van de aquí para allá como gallinas sin cabeza». Mi cabeza no se detiene y me obliga a conversar. El intento por hacer ese pequeño recorrido como si tuviera anteojeras es inútil. Cleo y Ava, las pequeñas de la Pandilla Salvaje, insisten en que les lance la pelota. 15 minutos de juego que aprovecho para recoger los restos fecales de toda la pandilla esparcidos por el jardín.
