Cuando miro a la luna, pienso que la resurrección es un mito. Nada en el universo parece reencarnar. Todo muere o desaparece por completo. Claro que no puedo afirmar que no exista la posibilidad de que algo que desaparece vuelva a aparecer con otra forma, pero en esencia, sea aquello que antes era. Sí, es una duda existencial absurda. Pero creo que eso nos diferencia del resto de las especies. Hasta donde sé, somos los únicos que dudamos de todo, aunque nos aferremos a algunas verdades. En el fondo, tememos que alguien, por un motivo de iluminación, muestre lo débil de nuestras creencias y, con un chasquido, al que tardamos en reaccionar y comprender —más si somos de mente cerrada—, convierte lo que damos como verdad en mentira o mito.
Escribir es uno de los ejercicios que exprimen hasta el tuétano nuestras creencias y supuestos. Pluma en mano, con cada trazo, dudamos. No solo de lo que se apunta en el papel: ¿es la palabra correcta? ¿Esto es racional? ¿Esto es atractivo? También nos preguntamos sobre lo que escribimos y las ideas y creencias que sostienen nuestras ideas plasmadas. Es una lucha interna que nunca termina. Las dudas son una amenaza que está siempre al acecho. A penas despiertos, al primer atisbo de nuestro reflejo, nos preguntamos: ¿estoy despierto o soñando? Parece contestarse con el primer sorbo de café. Pero antes de caer entre las sabanas de la noche, acecha de nuevo la duda: ¿viví el día o todo fue un sueño?
Envidio a quien no tiene este tipo de preguntas. No hablo sólo de las existenciales. Hablo de aquel que vive seguro de lo que sabe sin cuestionar nada. Camina sobre suelo firme, cool ante la vida. ¿Para qué preguntarse algo? Todas las historias de los seres vivos de este universo terminan igual: en la nada.
Estoy incómodo cuando marcho uniforme con el resto del pelotón. Es el mito de la disciplina el que me obliga a seguir el paso; cuando mi espíritu salvaje lo ignora, quedo aislado. En la soledad, confronto mis ideas, no me queda otro camino que el de conocerme a mí mismo. Es cuando quedo vulnerable, tiemblo por miedo al fracaso por culpa de ese alimento, de expectativas y creencias que necesitan de la aprobación para subsistir. Es la señal para detenerme. Cara al cielo, me gusta mirar a las nubes. No busco formas en ellas, tan sólo mirarlas y ver su desplazamiento por el cielo. Me gustan las que se desgarran, a los estratos que se encuentran en el cielo medio: entre los cumulus y cirros. El fracaso es parte del proceso y antes de continuar lo abrazo, aunque sea una ilusión en ese instante.
La trampa de la perfección es la sombra que cubre al escritor; en la penumbra habita el miedo al rechazo y a la crítica. Son gloriosas las ocasiones en que se alcanza el momento en el que fluyen las palabras, las analogías, la ironía y las metáforas. Las oraciones se construyen mientras el autor se encuentra en un vacío, salvaje, escribe para decorar la nada que lo rodea. Es un ladrón, inconsciente de su delito, de las palabras, de textos que lo apasionaron, y llenaron el vacío que su propia imaginación fue incapaz de cubrir. A tirones escapa de la sombra con el primer borrador de su texto; es el punto de partida. En otro momento tiene que estructurar y exprimir la cabeza para armar oraciones con sentido racional para que la musa llegue sin aviso y le hable al oído. De cualquier forma que logre terminar: poeta o racional, continúa con la revisión.
El autor se transforma en editor o en un publicista inocente. Deja que los sueños lo eleven, pero apenas dan un par de piruetas en el aire, cuando chocan. Su caída es lenta, escurren por las laderas de la inseguridad. Lo más natural del mundo sucede: comparar el trabajo propio con el del otro. Las expectativas volaron demasiado alto. Con unas manos tiesas sostiene su cabeza para evitar el suelo. Es presa de un desaliento que lo intenta consolar con distracciones banales y sencillas, alejado del peligro de pensar y sentir. La pluma profesional sabe que es una traba normal, parte del proceso. Conoce las rutas de escape y toma la más corta, la de la persistencia que lo lleve hasta construir a una voz propia.
El proceso se vive día a día. La batalla no es un sufrimiento, es un medio para clarificar el universo de las mentiras que disfrazan a la realidad y la custodian con los ejércitos de la lógica y la razón. Los bloques de tinta, uno sobre otro, hacen puentes para comprender por qué se nos obliga a vivir en obediencia sin tener otra opción; democracia significa tener varias opciones para escoger, ¿por qué se nos ofrece sólo una? Liberen del yugo de la comercialización a las plumas y letras del mundo para que nos desmitifiquen al mostrar sus perspectivas. Sin los muros de los mitos no existiría la ambición, la codicia, la envidia, pero tampoco la esperanza, los sueños y los propósitos.
Nada es tan desolador como arrinconar a pan y agua al arte; que su andar libre por las calles dependa de las masas. ¿Cómo? Si lo popular vive bajo un techo que proyecta espejismos y sólo ofrece a unos pocos escalones para apreciarlos o tocarlos. El combate interno es el que resuelve a la afrenta. Con mano firme, el escritor reconoce sus limitaciones y estancamientos. Debe tener compasión consigo mismo, de lo contrario, su lucha sería contra la fe y la fantasía. Grandes enemigos del ritmo y la paciencia.
El recorrido es largo, no es tedioso, es una aventura que va desde los prados de la melancolía, cruza las puertas del castillo de la soberbia y termina todo cuando se reconoce el valor de la contemplación y el tiempo. Cuando la pluma trabaja, cada palabra es un paso en el camino. Es imperativo avanzar sin agotarse, tanto que termine uno a medio camino, peor, antes de dar el primer paso. No hay secretos, ni atajos, ni trampas; la esencia del arte es la persistencia.
