Comencé en el cine con el sueño de producir algún día una película con total libertad. Tener el control creativo del proceso. Pero el cine es un trabajo en equipo y me faltó la imaginación y la paciencia para inyectar esa pasión en mis colegas. No importaba si me reunía con gente con mucha, poca o nula experiencia, siempre entré en una competencia de egos mezquinos. Nadie comprendió cuando decía que lo único importante era la película misma; el resto, sólo éramos esclavos de esa idea que tomaba forma. Esa mirada inocente, por supuesto, siempre se topó con la realidad de que el cine es un negocio. Con un puñado de soñadores sólo se avanza un poco; nunca llegas a recorrer el camino completo sin tener que vender tu alma en algún momento para completar un equipo de trabajo.

Quizá es la edad sumada a la frustración lo que detuvo la búsqueda de ese sueño en el cine y me hizo sacar del baúl de los sueños guardados para el futuro el deseo de escribir y publicar una novela. En su momento la idea pareció buena. Rescaté viejas ideas y notas y puse manos a la obra. Tres meses me llevó escribir el primer borrador y otros seis meses de correcciones hasta que tuve un quinto borrador para presentar a editoriales y concursos literarios.

Las reglas de los concursos literarios son poco transparentes y lentas. Sobre todo, esa regla, que sólo permite que una novela participe en una convocatoria a la vez, es una verdadera prueba a la paciencia. No sabes si fuiste rechazado hasta que publican los resultados. Mientras tanto, sólo queda esperar. Así funciona ese mundo. Mientras esperaba y con algo de dinero, contraté a un editor con la esperanza de facilitar la publicación en una editorial comercial en caso de no ganar ninguna convocatoria.

Recibir “sutiles sugerencias” sobre mi trabajo fue deprimente. Sentía que la mayoría de los cambios que me sugería le arrebataban la personalidad a mi novela. Era como domarla. Aun así, con las revisiones, pasé un par de años con la novela bajo el brazo, soportando rechazos por todos lados. No fue una pérdida de tiempo. Esto me convenció de cruzar el Rubicón y autopublicar.

Publiqué mi primera novela con Amazon KDP, pero pronto descubrí que el costo de los libros impresos para el mercado de México y el sur de América, público al que me dirigía, era elevado.

Al escribir mi segunda novela busqué una opción que me diera la oportunidad de ofrecer mejores costos de mi novela impresa. Al ser un escritor nuevo, el precio debía ser accesible para los aventureros que aún disfrutan de leer por placer.

Este proceso puso a prueba mi sueño. Venía huyendo de las luchas entre egos mezquinos y aún no lograba deshacerme del mío. Quería a toda costa justificar lo sensual y salvaje de mis historias sin tener argumentos sólidos. Ese fue el primer logro, quizás no deshacerme de esa arraigada forma de identificarme, pero sí de reconocerla y conocer su capacidad de destrucción. Me encontré con otro tipo de resistencia distinta a la que enfrenté en la escritura.

La primera fue superar la aversión al riesgo. Puedo soñar y creer muchas cosas sobre mi trabajo, pero eso no significa que el resto del mundo tenga una deuda conmigo. Al responder a mi solicitud, la imprenta y distribuidora independiente, me dio una lista de puntos que debía cumplir por mi parte. Primero me abrumó. Luego de estudiar los puntos y aclarar las cosas, descubrí que en este proceso tenía que hacerlo todo, ellos sólo imprimirían y promocionarían en sus páginas de internet. Trámites del ISBN, diseño de cubierta, portada, contraportada, índices, información bibliográfica, tipo de papel, maquetado y, aunque la imprenta haría una publicidad básica, el marketing comercial también sería de mi parte.

Al principio, la lista y el instructivo me abrumaron: no sabía por dónde comenzar. En Amazon, KDP ya había superado el obstáculo del diseño de portada, el resto era seguir los pasos de la página y leer comentarios. Este proceso se trataba de otra bestia.

Al autopublicar, lo que descubrí fue comprender un poco a las editoriales comerciales. No disculpo su falta de valor para conseguir autores nuevos. Entiendo sus motivos: la responsabilidad de pagar oficinas y sueldos en una región en la que el lector ávido se diluye en las redes sociales, servicios de streaming y videojuegos. El mismo pretexto que usan las cadenas de cine y distribuidoras para programar películas de autores independientes.

Claro que, como el soñador que soy, no creo que ese pretexto deba extenderse a los creadores. Eso es lo que me empujó a superar el agobio del instructivo para publicar. Lo más lento y cansado fueron los trámites del registro de obra y el de ISBN, ambos los hice a través del gobierno. Fue pesado por la inexperiencia, en mi siguiente aventura ya sólo será un trámite más en que hay que esperar la respuesta.

Para los diseños tengo una ventaja: mi pareja es artista plástica. Sin embargo, el proceso tuvo una curva de aprendizaje para saber las dimensiones de las portadas y carátulas que variaban según el tipo de papel en el cual se iba a imprimir, la tipografía, etc.

El proceso fue una aventura de tropezones de tres meses. En este periodo amplié mis horizontes escuchando sugerencias sin prejuicios. De esta forma, evalué cuáles sumaron y cuáles se desviaron del objetivo principal. Ya no se trata de caprichos aurorales, ahora reflexiono para encontrar argumentos que sostengan mis decisiones.

Si no hay más cambios, planeo estar en los estantes digitales y físicos en la segunda mitad de noviembre. Hubiera preferido junio, quizás en la próxima aventura.

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