En estos días me siento como un camaleón atrapado en una celda. Hace un mes que publiqué Tu tanta falta de querer. Lo hice como autor independiente. En ese mismo periodo inicié la transcripción de mi última novela. Esta nueva aventura obligó a dividir mis días en horas: despierto como escritor, antes del mediodía soy editor y por la tarde publicista.
Mientras Daku, la más reactiva y ansiosa de la Pandilla Salvaje, se acerca a un lado de mi silla para que la acaricie, pienso en la metamorfosis que sufrí: de caracol a camaleón.
Tuve opciones fáciles para continuar con mi concha bajo el sol mientras me arrastraba por noviembre y diciembre. Pero las consecuencias eran transformar mi obra. Adaptarla al gusto del público y seguir las reglas de la convención y la mercadotecnia.
La historia fue concebida y escrita sin esas correas. En un mundo irreal. Uno que no era precisamente un jardín del Edén, no obstante propio e inalcanzable a la consciencia. Se creó al lograr escribir en el vacío, funcionando como un conducto a través de mis extremidades.
Tengo un sistema que pulo con cada novela. En cuanto tengo lista la estructura y los personajes, tomar la pluma es suficiente para detonar la explosión de ideas hasta llegar a un punto y aparte. Detengo todo al saber que continúa para cuando, con la piel del escritor, continuar con la aventura.
La piel del editor complica el día. Me obligo a estar calmado para leer las notas hechas durante la escritura y las leyendas en los márgenes y revivir el momento en que fluyeron esas palabras que ahora parecen extrañas. Ese “revivir” pelea contra los consejos de la razón y lógica que se resuelven entre cigarros y tragos de café frío.
Es la piel del publicista la que me pica. Nunca supe vender. Como comerciante moriría de hambre. Lo intenté un par de veces en mi vida. Ninguna con éxito; más bien, con resultados mediocres. El fracaso se debía a mi natural indisciplina por seguir consejos. Leí cuanto pude sobre cómo hacer una mercadotecnia efectiva, pero en el momento de la acción me invadía una estúpida arrogancia. No está en mí la virtud de torcer la verdad para engañar a alguien. No es algo novedoso. Juego al ajedrez, no al póker.
Quizás se deba a que no soy un consumidor común. Mis caprichos cuestan lo que tengo en el bolsillo. Cuando adquiero algo, no lo convierto en una necesidad. Si lo que adquiero no tengo el dinero para actualizarlo o renovarlo, lo deshecho de mi vida sin remordimiento. Cuando estoy en medio de una discusión sobre la inmediatez por obtener algo, me siento en tierra de nadie. Opino para hacer controversia, pero nada más.
A pesar de mis limitaciones para vender, decidí publicar por cuenta propia. Ya lo hice con mi primera novela, en donde descubrí que no era suficiente hacer anuncios ordinarios. A pesar del vasto público de habla hispana, ha disminuido la población de lectores por placer que buscan libros publicados por editoriales independientes. La ilusión de la nueva tecnología por facilitar la información sobrecargó al mercado. Ahora todo depende de los seguidores y de la sabiduría de esos bichos pseudo intelectuales llamados influencers.
Llegué a creer —como el Caracol que soy— que la nueva democracia de la información haría a las personas hambrientas de aventurarse en lo nuevo. Al principio, así fue. Pero como todo, lo que es libre y popular, se vende y se corrompe con la complacencia. Los ingeniosos magnates tecnológicos crearon un problema y, como solución, hicieron algoritmos. Con estos, las mentes frágiles cayeron en los pantanos de la apatía. Todo se convirtió en resúmenes y listas que enumeraban lo mejor del mercado. Los modernos piratas en busca de tesoros siguen los mapas de connaisseurs, académicos y pseudoespecialistas para llegar a una nostalgia reconstructiva.
En estos mares de aguas tranquilas solo hay que seguir las rutas ya trazadas para no perderse. No vaya a ser que un despistado se convierta en el nuevo conquistador. Estas son las nuevas rutas comerciales.
Por eso recurrí a los artículos de los vástagos nacidos de la cruza entre Bezos y Jobs —todos con cara de Musk—. Pero ya no hay espacio para debatir entre forma y estilo. Incluso, con un tiro a la nuca, mataron al camppara dar lugar a la raza fría de Stewart y Chamberlain. Irónico, ya que los arios (indoarios) originales eran curiosos y especulativos.
Necio como soy, quizás hasta arrogante, creo que aún existen lectores de placer con ganas de encontrar nuevas voces. Pero en el mercado todavía están las vacas sagradas de la literatura. Sorprendentemente, continúan en ascenso. Sin siquiera contar con un perfil en Facebook o un espacio en TikTok, siguen publicando nuevas ediciones.
En estos tiempos de comercio apareció un nuevo navío que avanza a lo pendejo, la IA. Está cambiando la manera en que el público aprecia el arte. No navega con ese objetivo; es el tripulante que sube como polizón, incapaz de desahogar sus frustraciones con la razón y en su insistencia por agradar y complacer que vende barato su sensualidad. Aspira a ser un robot con un reflejo falso. Cree verse como un ser racional. No ve el engaño porque está sobrecargado de información, la cual, en lugar de interpretar, la aplica mecánicamente. Es la simplicidad con la que este tripulante decide usar a la IA para escribir, generar imágenes y videos, la que desconcierta.
El oficio del artista sirve para expresar y reflejar su alma. Ahora, con una mano en la cintura y un par de golpes al tecleado, satisfacen ese placer. Todo para obtener un público con la mente adormecida. Inocentes, compartimos esas imágenes, videos y textos como novedad; lo chusco y simple para convivir y conversar sin entrar en el terreno de la discusión. La misión es evitar la confrontación y el debate; todo es de mal gusto. Contra esto, lo único que puedo hacer es seguir. Hacer caso a mi instinto. Tal vez, como todos mis intentos de vender, no llegue a nada. No importa, seguiré en busca de los soñadores que contemplan y que no están interesados en complacer al vecino ni seguir las nuevas reglas que se tejen con los hilos de las tendencias.
Murphy le enseñó a pensar. Entre la opresión militar que devora su barrio y la lealtad hacia el único hombre que le mostró cómo resistir, un joven debe elegir qué tipo de persona será cuando el mundo se derrumbe. Una novela intensa sobre la fuerza del conocimiento frente al poder de las armas.
En el México donde el poder y la violencia mandan, «Nunca es suficiente» retrata vidas marcadas por el dolor y la resistencia frente a la manipulación por parte del gobierno, ejército y traficantes. A través de personajes inolvidables, la novela expone el precio de la supervivencia en una sociedad donde la paz siempre parece inalcanzable.

